¿TIEMPO DE POST PANDEMIA?

Actualizado: 1 may





Víctor Manuel Pacheco. Endocrinólogo.

Presidente de la Comisión Nacional de Bioética en Salud.






El 31 de diciembre de 2019 el gobierno chino informó a la OMS de la detección en Wuhan de los primeros casos de una “nueva neumonía”. La enfermedad fue caracterizada como una pandemia el 11 de marzo de 2020, con 118 mil casos en 114 países y 4291 fallecidos. Surge así un nuevo miedo. Miasmático, difuminado, imperceptible. Salvo por los cadáveres. Vistos como números crecientes, abstractos, o como imágenes en las calles, reales. Se aclara el significado de pandemia: enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos en una región. O ambos. Con consecuencias médicas en las personas y generales en el organismo social. Su causa: un ente entre la vida y lo inerte, corona virus SARS-Cov2, que provoca la COVID-19 y acaba en corona hambre.


El primer caso para las Américas, se reportó en Estados Unidos el 20 de enero de 2020. En Ecuador el Ministerio de Salud Pública confirmó el 29 de febrero 2020 el “caso cero” en una ciudadana ecuatoriana, residente en España, que ingresó al país el 14 del mismo mes.


El crecimiento de las infestaciones por SARS-Cov2 y la mortalidad verificada, probable o posiblemente relacionada con ella –las “muertes en exceso”-, tuvieron un crecimiento exponencial. En el Ecuador se alcanza un pico el 4 de abril de 2020: 923 inscripciones de fallecidos/día más sobre el promedio de los 5 años previos, con un reporte oficial de causa en el coronavirus de solo 72 para la misma fecha. Se reconocen oficialmente, al 19/febrero/2022, 35143 personas fallecidas por Covid-19 con 815572 infectados verificados con pruebas PCR positivas. La razón de letalidad del virus (CFR) sería del 4.3% del total de casos confirmados mientras que la tasa de mortalidad acumulada es 197.7 por cada 100,000 habitantes. Total de “exceso de fallecimientos” en 2020: 46470, y 79767 desde el inicio de la pandemia.


En el mundo la experiencia de la pandemia demostró ejercer una vulnerabilidad diferencial.


Si bien en principio, todos los humanos podemos infectarnos, el SARS-CoV-2 no afecta a todos de la misma manera. O con la misma severidad. Las personas mayores, aquellas con problemas de salud subyacentes, a más de posibles diferencias raciales y étnicas, la falta de vacunación completa y los grupos marginales, tienen un mayor riesgo de enfermarse, de ser hospitalizados y de morir por Covid-19. Con perjuicio mayor en poblaciones con falta de acceso a la atención médica. O en situación de pobreza, falta de empleo, condiciones de vida insegura, o de degradación ambiental.


La infección masiva por SarsCov2 demostró también la falta de preparación frente a la amenaza. Sin ser la primera vez que enfrentamos enfermedades pandémicas. O de endemia severa. Las de H1N1, zika, dengue, chikunguya, malaria, fiebre amarilla, cólera, tuberculosis, HIV-SIDA; e históricamente de viruela, sarampión, peste negra, gripe española, fueron –y son- advertencias. Pero olvidamos la historia y descartamos las lecciones actuales para tener en 2020 el pasmo epidemiológico de la COVID: inesperado y falto de preparación para asumirlo.


Cuando se confrontó el riesgo, las medidas de prevención y mitigación tuvieron efectos desiguales. Y el éxito, de haberlo, resultó diferencial, pues un número considerable de personas no pueden cumplirlas. Porque viven -junto con muchos- en viviendas hacinadas, multigeneracionales, o inadecuadas, con instalaciones sanitarias limitadas, con acceso reducido a la atención médica, a la vacunación y a la conectividad. Porque no tienen trabajos formales que provean de ingresos seguros y tienen que salir para ganarse la vida (y poder adquirir los barbiquejos de protección), y porque los seguros de salud privados y aún públicos, están ausentes o debilitados. O porque su cosmovisión –o su narrativa familiar o de colectivo- cuestiona la vacuna.


La pandemia por SarsCov2 demostró que la enfermedad no es solo un evento biológico, médico o epidemiológico, sino un proceso social, económico y político, que requiere de un enfoque bioético holístico entendido como reflexión crítica sobre los conflictos éticos en relación con los factores ambientales, de naturaleza, cultura y sociedad, más allá de las normas jurídicas y deontológicas.


La evidencia de que el Covid-19 empeoró las desigualdades existentes en salud y sociedad, señaladas en los reportes de agencias internacionales, apunta a la necesidad de prestar especial atención a las nociones de vulnerabilidad, solidaridad e igualdad para abordar las disparidades desde una perspectiva ética más amplia.


En los tiempos de pandemia se visualizaron preocupaciones éticas referidas al manejo de la enfermedad y de respuesta al hecho biológico individual, de terapéutica, triaje y priorización del proceso de vacunación. Y de debilidad importante, metodológica y bioética, en la investigación observacional y de ensayos clínicos. Pero los dilemas relevantes de extensión social y colectiva, como los determinantes de situaciones de vulnerabilidad, de respeto a la dignidad, evidencia de inequidad, de justicia en la asignación de recursos, insuficiente cooperación y ausencia de solidaridad, fueron considerados insuficientemente en el análisis ético y epidemiológico social.


Si somos responsables, y debemos tener la esperanza de serlo, el tiempo de post pandemia debe ser el de oportunidad para la sociedad, para el Estado y para los ciudadanos, de repensar la democracia, la gobernabilidad, la salud pública y la asistencia sanitaria. Con un nuevo concepto del bien común y del sistema de salud. Y con una nueva ideología para el papel de los gobiernos en la protección de los ciudadanos. En la que el principio rector sea el de justicia. Con énfasis en la asistencia primaria en la que primen los principios de necesidad y uso racional, en la prevención y mayor en la resiliencia. En la que se incorporen las lecciones de experiencia de la pandemia: proteger al vulnerable, remediar las desigualdades y practicar la solidaridad como obligación social y no como una actitud personal meritoria. Estos son tiempos de desarrollar y exigirnos actitudes éticas que transformen a las personas y a la sociedad haciéndonos mejores, en el marco de una ciudadanía activa que promueva la plena vigencia de la igualdad y los derechos de todas y todos.


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