“El mal de ojo”

Actualizado: 1 dic 2021



Carolina Jativa

Psicóloga Clínica

Foro analítico del campo Lacaniano Ecuador (En formación)





“Albergar un loco en casa protege del mal de ojo”, así reza un antiguo dicho griego.

En la literatura mediterránea, alrededor del siglo V a.C. se instala la creencia de que ciertas miradas son medios a través del cual podía ejercerse poderes dañinos, se pueden encontrar diversas referencias de obras en donde se alude a la vehemencia de la mirada, al mal de ojo como causante de infortunios; Homero, hace uso de esta crónica en algunos pasajes sobre el mal presagio de una mirada insidiosa, podemos citar en primer lugar a Medusa, cuya mirada petrificaba a quien osara verla; por otra parte, también en “la Odisea” señala que Zeus envía un presagio a todos los pretendientes de Penélope en forma de dos águilas que lanzan una mirada de muerte; en Los Caballeros de Aristofanes, Nicias, denuncia como gafe a un nuevo esclavo de Paflagonia, porque mediante sus calumnias y despiadadas miradas, hace que el amo castigue a los otros esclavos, provocando desgracia. Mas tarde en los siglos, IV, III a.C. y con seguridad a partir del siglo III d.C. se inscriben representaciones del mal de ojo referidas a la envidia, Plutarco, Heliodoro, Demócrito, sostienen esta idea, manifestando este último, que:

“La envidia es un sentimiento hostil que envenena toda el alma y que luego se expulsa contra lo envidiado de diferentes formas, en especial por los ojos en tanto, la visión, tiene mucha movilidad.” (Alvar, 2010)

Respecto al mal de ojo y al albergar a un loco, nos cuesta pensar en la relación que ambas tendrían, no obstante, pese a lo disparatado de esta comparación tienen puntos comunes, uno de ellos, es la dimensión del tabú, y consiguientemente la otra es la forma de tramitar este mal/ tabú ya sea para protegerse o deshacerlo, y es que en esta cultura, se destaca entre ellas el uso de amuletos y ciertos rituales; sin embargo, este decir, sigue despertando curiosidad, “albergar a un loco”, ¿Cuál sería el lugar de esta declaración?, podríamos responder anticipadamente que este manejo “albergar”, responde del mismo modo que el talismán, conserva en sí, un efecto apotropaico, es decir, funciona como un mecanismo de defensa mágico a para alejar el mal; de ello que albergar tanto locos, como poseídos, andrajosos mendicantes, es una practica que hasta el día de hoy subsiste bajo ciertos miramientos y no distantes a tramitar, enfrentar al temido mal de ojo.

Si bien es cierto, no todos estamos acostumbrados a albergar a locos mendicantes en nuestras viviendas (y sería muy llamativo estar acostumbrado), más, aseguro que conservamos el “trámite” y el “temor sagrado” que estos habitantes de calle (hombres y mujeres), locos o no, adictos o no, invocan, y es que estas figuras errantes tienen un privilegiado lugar representacional en nuestra economía psíquica y en nuestra sociedad, Freud afirma, “No debemos olvidar, sin embargo, que el tabú no es una neurosis, sino una formación social.”

Internémonos entonces en el tabú del habitante de calle, del mendicante loco, que despierta una serie de actuares a nivel personal y social, Freud, en 1912, sostiene: “Las personas y las cosas tabú pueden ser comparadas a objetos que han recibido una carga eléctrica; constituyen la sede de una terrible fuerza que se comunica por el contacto y cuya descarga trae consigo las más desastrosas consecuencias cuando el organismo que la provoca no es lo suficientemente fuerte para resistirla” (Freud, 1912-193) de ello que, conservar un objeto o persona tabú previene de los males que estos conservan y potencialmente transmitirían sino se obra con ciertos miramientos; hay que resaltar que este es el contenido del “pensamiento mágico”; hoy por hoy hacemos las paces con estas fuerzas de diversas formas, de ello que supongo ustedes conocen o están familiarizados, con suplicas tales como: “hoy por mí, mañana por ti”, “no quiero pero la situación me obliga”, “ayúdame con una monedita que puedes perder al subirte o bajarte del bus”, “nadie está a salvo de un imprevisto”, “estoy pidiéndote una ayudita no matando allá en la calle”, ”colabora”, “una moneda o un pan”, a lo que generalmente y no todos responden con lo solicitado. Dar una moneda a cambio de recuperar algo del espacio trastocado parecería un trato justo, una moneda que nos expía de la transmisibilidad del tabú, que nos libra de caer en desgracia o que nos asegura (Freud, 1912-193) que, si necesitáramos de un auxilio alguna vez en la vida, un ajeno piadoso vendría en nuestro auxilio.

Ahora, situemos la corriente hostil que también despierta la misma situación, quien mendiga es el recordatorio de la inequidad de oportunidades, desnuda la oposición entre oportunidades y trabajo, despierta el sentimiento de indignidad, de eso que habremos escuchado frases del tipo: “el pobre es pobre porque quiere”, “la necesidad obliga”, “que se espera de esa gente”, entre otros decires que ciernen la compasión y dejan entrever un costado que reprocha; nos encontramos entonces enfrentando “al mundo sosegado y razonable que hace posible el tabú” (Bataille, 1957) con un posmodernismo que exige el sentido de nuestros esfuerzos acentuando al fracaso como marca imperecedera de quienes no se han rendido al trabajo.

Citemos a Bauman a nuestra discusión, pues nos recuerda que: “cada tipo de orden social produce los fantasmas que lo amenazan (…) Una sociedad insegura de su supervivencia desarrolla la mentalidad de una fortaleza sitiada” (Bauman, 2021); nuestros “locos mendicantes, habitantes de calle”, invocados a convivir dentro de nuestras murallas, plazas, iglesias, pero no casas, toman las formas de los demonios internos que debemos exorcizar, extirpar para que la “sociedad de bien, marche bien”, sin embargo se elide el hecho de que sus males no son ni más ni menos que la representación de nuestros excesos sociales, representan burlona, sufrientemente eso con lo que no podemos tramitar, no hay moneda efectiva que expíe nuestra exigencia de consumo, ni que devuelva la dignidad hurtada de quienes encontramos vagando en la calles.

Para Herbert Gans “los sentimientos que las clases más afortunadas albergan hacia los pobres, son una mezcla de miedo, enojo y condena; pero es probable que el miedo sea el componente más importante” (2020); aplicándolo a la sociedad Ecuatoriana, yo subrayaría “la condena”, ese “temor sagrado” que todavía no hemos terminado de digerir, en tanto no se han propuesto medidas que contengan no solo el miedo a las revueltas sociales, sino que realmente detengan el avance de medidas que rompen con la dignidad humana.

Una moneda no basta, no expía la inequidad, ni contiene el mal de ojo en una sociedad en donde no hay trámite pensado para contener la indignidad.


Referencias

  • Alvar, A. (2010). EL MAL DE OJO EN EL OCCIDENTE ROMANO:. Madrid: ISBN: 978-84-693-7841-0 .

  • Bataille, G. (1957). El Erotismo. Mexico: TUSQUETS.

  • Bauman, Z. (2021 de Agosto de 2021). Cuando ser pobre e sun delito. Bloghemia, 1-12. Obtenido de Bloghemia.

  • Freud, S. (1912-193). Totem y Tabú. Buenos Aires: Amorrortu.


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