LA EPIDEMIA DE VIRUELA EN QUITO DE 1759




Amílcar Tapia Tamayo*

Ramiro López Pulles**







Históricamente, varias enfermedades fueron traídas por los conquistadores españoles en el siglo XVI, quienes procedían de una Europa poseedora de una elevada densidad poblacional, en donde la mayoría de gentes vivían en un estado de hacinamiento, causa por la que no había costumbres de higiene personal; de allí que “bañarse era motivo de crítica y de malos hábitos entre los habitantes, siendo esta la razón por la que mucha gente aducía que el baño era el causante de numerosas enfermedades. Según ellos, era antihigiénico, causa por la que se cambiaban de ropa cada mes y eso, las camisas grandes llamadas “jubones”. Los trajes ni se diga, por lo que el descuido en su aseo personal era manifiesto. (…) La preparación de alimentos corría igual suerte…” (Alex Bronbek, La Edad Media española, Paris, Edición Española, 1902, p. 165) Esta situación fue el origen de graves epidemias que casi diezmaron a la población no sólo española, sino europea en forma general, tal como ocurrió con las llamadas pestes bubónica, neumónica y negra.

Lo contrario ocurría con los grupos indígenas americanos, quienes de manera general practicaban el baño diario, sobre todo los que vivían en regiones tropicales. Tenían buenas costumbres de higiene y aseo personal. “Me ha sorprendido ver como los naturales se ven sanos y robustos, debido a su gran cuidado para mantenerse limpios, evitando plagas de pulgas, piojos y otros bichos que son propios de los europeos.” (José María Vargas, Religiosos que pasaron a las Indias 1590, “Carta de fray Miguel de Oscuna O.P. al superior de Sevilla, 1586”, Quito, s/a, p. 98)

Cuando llegaron los españoles a territorio incásico en 1532, Juan de Vites, historiador peruano señala en 1896, que “los españoles Pedro de Piñas y Miguel de Larriba, que formaban parte del ejército de Pizarro presentaron síntomas de viruela, por lo que el conquistador dispuso se mantengan aislados para evitar se contagien los demás soldados; sin embargo, ordenó que dos indios los cuiden. A los pocos días, los naturales fallecieron, siendo las primeras víctimas de esta gravísimo mal que sería causa de ruina y dolor en toda la América...” (Noticias desconocidas sobre los conquistadores, Lima, (folleto) 1896, p. 18)

En Quito, las enfermedades más comunes en el siglo XVIII eran: “viruela, sarampión, gripe, catarros, problemas respiratorios y de pecho, dolores de costado, ampollas en las manos y pies, diarrea, mal de orina, mal de pujo, angustias retardadas, suspiros prolongados, mal de amores, pasiones infundadas, fiebres de tierra caliente, artritis, sarna, empolladuras en los sobacos, salpullidos en la entrepierna, sífilis, gonorrea, torcedura del miembro, tabardillo, escarlatina, garrotillo, pechuguera, flujo de vientre, ahogos en el pecho, tembladera de canillas, boquitorcido, mal hechos y pasmos en sus diferentes niveles, etc. (Ver El Comercio, Ideas 4 de marzo del 2018).

De todas estas enfermedades, la más grave era la viruela, mal que asoló a Quito y su comarca en 1759, causando graves estragos sociales, familiares, económicos y sociales, llegando al extremo de que el Cabildo declarara a Quito en estado de total emergencia, tal como lo refiere fray Miguel Iriarte, ecónomo de la provincia Mercedaria de Quito, quien el 14 de septiembre de 1759, de manera dramática eleva un informe al Visitador General de la Orden mercedaria: “ Quito es una poblada con más o menos 65.000 habitantes, tal vez más que menos por cuanto hay muchos indios y mestizos en las cercanías. Los peninsulares somos pocos y otro número igual los criollos. (…) Es una ciudad muy apropiada para pestes y epidemias (…) De pronto, un mestizo asomó de la noche a la mañana en las puertas del Hospital de la Misericordia con la enfermedad de la viruela y se propagó con la velocidad del rayo por toda la ciudad, aunque el médico Espejo señala que este mal no fue provocado por este hombre, sino que vino desde Guayaquil traída por arrieros que cogieron el mal donado por un marino que llegó desde ultramar (…) Murieron cerca de 10.000 gentes, entre indios, mestizos, negros y criollos. Numerosas familias de blancos y principales sufrieron graves pérdidas. La economía de la ciudad fue diezmada por la enfermedad. La gente no tenía que comer ya que el Cabildo dispuso que nadie salga de sus casas por temor al mal. Las cargas de alimentos no podían venir a las plazas ya que las verduleras y malines (sic) tenían pavor llegar a las veredas y mercados No había carne, pan y lo más necesario. Los conventos estaban desprovistos de todo por lo que los frailes y monjas nos vimos obligados a comer las pocas y malas verduras de nuestras pequeñas huertas. En toda la región se sintió desesperación y angustia (…) el médico Espejo, de no muy buen aprecio entre las clases nobles, insiste en que la peste puede curarse con higiene, regando cal en las entradas de las casas, procurando aislar a los enfermos en salas especiales en lugares que gocen de buen aire y ventilación. Que barran las casas con ramas de marco y sauco. Recomienda que soplen vinagre en las heridas de los dolientes, así como que hagan saumeriadas con romero para alejar los malos olores. No sé qué efectos tengan estos consejos, pero parece que si son buenas sus recetas por cuanto algunos se sienten mejor, sobre todo los que se han alejado de la ciudad.

El dicho Espejo ha tenido graves confrontaciones con las autoridades del Cabildo, porque ellas insisten en poner celadores en cada barrio para que avisen de los enfermos para llevarlos de inmediato al hospital, pero no comprenden que estos hombres son los primeros enfermos que contagian a los sanos. También pide que los quiteños salgan de su pueblo y se dirijan al campo. Busquen aire sano, dice con frecuencia Nada de murallas y controles: eso no es curación, sino contagio.

Algo que ha llamado la atención es que hay pocos enfermos entre la gente común. Ellos se cuidan con sus propios medios. Guardan algún secreto para no enfermarse ya que no tienen la vida como los de la ciudad, por lo que son sanos y vigorosos. He visto que el indio aguatero del convento y las indias servicias no se enferman y siguen haciendo sus menesteres; no así tres novicios y un padre maestro que apenas les contagió el mal, ya murieron. Estos indios se lavan las manos con ortigas y agua hirviendo y ni sienten ni les pasa nada. Imposible que yo toque siquiera esa planta hiriente que se llama ortiga. También comen ají con ajo y poseen una buena digestión, así mismo ingieren carne de vaca medio asada, casi cruda que llaman tripa isqui o algo así en su propia lengua. No entiendo, creo que su raza les protege de los males que a otros mata….” (Archivo del convento Máximo de la Merced de Quito. Informes de Provincia, siglo XVIII, folio II, hoja. 101)

El padre Juan de Velasco, al referirse a la referida epidemia de 1759, señala: “ una repentina y violenta fiebre, con mucho dolor y la suma flojedad de los nervios de todos..” (Jorge Moreno y Nancy Morán, Historia del Antiguo Hospital San Juan de Dios, Fonsal, 2012, p.104)

Desde el punto de vista regional, la epidemia de Quito se extendió de manera violenta a toda la Sierra Norte, llegando hasta Pasto y Popayán. Se presume que hubo en total cerca de 30.000 muertos, siendo los habitantes de la región de Imbabura los más afectados luego de los de Quito. En Pasto hubieron 3.000 fallecidos y en Popayán 1.500, por lo que el Cabildo de esta ciudad dispuso se “corte todo comercio con Quito y los pueblos vecinos para evitar el contagio y la enfermedad” (Vicente Castrillón, Pasto en el siglo XVIII, (folleto en BAEP, s/a, p. 96)

* Historiador adjunto al Rectorado de la Universidad Central del Ecuador. Investigador de temas históricos nacionales.

** Profesor Principal de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Central del Ecuador.

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