FEMICIDIO

Actualizado: abr 1

Una aproximación neuropsicobiológica al estudio de la violencia y el crimen contra la mujer



Dr. Edmundo ESTEVEZ M,1 Dra. Alicia ZAVALA C.2

1 Facultad de Ciencias Médicas. Universidad central del Ecuador. Laboratorio de Ciencias Morales, Neuroética y Política pública (Proyecto Neuroethics Labo 2021)

2 Directora Carrera de Medicina PUCE (Sede Ambato). Laboratorio de Ciencias Morales, Neuroética y Política pública (Proyecto Neuroethics Labo 2021)



¿Qué es femicidio/feminicidio?


El (Modelo de Protocolo latinoamericano de investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género (femicidio/feminicidio). OACNUDH y ONU Mujeres, 2020), señala que no existe una definición consensuada de los dos conceptos. Su alcance, su contenido y sus implicaciones son todavía objeto de amplios debates tanto en las ciencias sociales como en la acción política y en los procesos legislativos nacionales. Sus acepciones varían según el enfoque desde el cual se examina y la disciplina que lo aborda. A continuación, citamos lo señalado en el capítulo I del mencionado protocolo:


1) El femicidio. El proceso de conceptualización del fenómeno de la muerte violenta de una mujer por ser mujer adquirió importancia en la década de 1970 cuando la expresión “femicidio” (o “femicide” en inglés) fue acuñada por Diana Russell. Esta expresión surge como alternativa al término neutro de “homicidio” con el fin político de reconocer y visibilizar la discriminación, la opresión, la desigualdad y la violencia sistemática contra la mujer que, en su forma más extrema, culmina en la muerte. De acuerdo con la definición de Rusell, el femicidio se aplica a todas las formas de asesinato sexista, es decir, “los asesinatos realizados por varones motivados por un sentido de tener derecho a ello o superioridad sobre las mujeres, por placer o deseos sádicos haciía ellas, o por la suposición de propiedad sobre las mujeres” (Modelo de Protocolo latinoamericano de investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género (femicidio/feminicidio). OACNUDH y ONU Mujeres, 2020).


La definición ha variado de acuerdo con la propia transformación del fenómeno y con el debate de amplios grupos de activistas, académicas y defensoras de los derechos de las mujeres. En América Latina, la expresión “femicidio” ha sido definida de diferentes formas como “el asesinato misógino de mujeres por los hombres”; “el asesinato masivo de mujeres cometido por hombres desde su superioridad de grupo”; o “la forma extrema de violencia de género, entendida como la violencia ejercida por hombres contra las mujeres en su deseo de obtener poder, dominación y control. Estas definiciones advierten acerca de la existencia de sistemas patriarcales más amplios de opresión de las mujeres (Modelo de Protocolo latinoamericano de investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género (femicidio/feminicidio). OACNUDH y ONU Mujeres, 2020).


2) El feminicidio. En desarrollo del concepto anterior, la investigadora mexicana Marcela Lagarde acuñó el término “feminicidio”. Lo definió como el acto de matar a una mujer sólo por el hecho de su pertenencia al sexo femenino,sin embargo se confirió a ese concepto un significado político con el propósito de denunciar la falta de respuesta del Estado en esos casos y el incumplimiento de sus obligaciones internacionales de garantía, incluso el deber de investigar y de sancionar. Por esta razón, Lagarde considera que el feminicidio es un crimen de Estado. Se trata de “una fractura del Estado de derecho que favorece la impunidad”. El concepto abarca el conjunto de hechos que caracterizan los crímenes y las desapariciones de niñas y mujeres en casos en que la respuesta de las autoridades sea la omisión, la inercia, el silencio o la inactivad para prevenir y erradicar esos delitos. Por su parte, Julia Monárrez considera que “ feminicidio comprende toda una progresión de actos violentos que van desde el maltrato emocional, psicológico, los golpes, los insultos, la tortura, la violación, la prostitución, el acoso sexual, el abuso infantil, el infanticidio de niñas, las mutilaciones genitales, la violencia doméstica, y toda política que derive en la muerte de las mujeres, tolerada por el Estado”. (Modelo de Protocolo latinoamericano de investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género (femicidio/feminicidio). OACNUDH y ONU Mujeres, 2020).


Como se observa, estas definiciones contienen, en sentido amplio, todas las manifestaciones de violencia contra las mujeres y, en sentido estricto, aquellas muertes violentas de mujeres por razones de género que quedan en la impunidad, como consecuencia de la omisión de las autoridades estatales para prevenir y eliminar estos delitos. Estas omisiones deberían motivar el inicio de investigaciones disciplinarias y penales para establecer la responsabilidad de los agentes del Estado que no previnieron la ocurrencia de la muerte violenta de la mujer (Modelo de Protocolo latinoamericano de investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género (femicidio/feminicidio). OACNUDH y ONU Mujeres, 2020).


Significado sociopolítico del cuerpo femenino y violencia de género


La violencia de género se basa en las desigualdades de poder que existen entre hombres y mujeres y también con otras identidades disidentes. Desde el momento en que las mujeres son menos valoradas que los varones y discriminadas por el hecho de ser mujeres podemos identificar el origen de la violencia. Ésta puede llegar a grados de agresión fatales, como en el femicidio, sin embargo también comprenden otras formas de violencia como la simbólica, económica, psicológica, laboral e institucional. La persistencia de pautas sociales que avalan las relaciones sociales jerarquizadas entre varones y mujeres hacen posibles las diversas formas de violencia y discriminación hacia ellas. Estas pautas culturales, tradiciones y costumbres están muy arraigadas en la sociedad y son mecanismos que transmiten sutilmente el sistema de valores que subordina a las mujeres. El sometimiento y las actitudes violentas hacia las mujeres son naturalizadas al punto que tanto las mujeres como toda la sociedad las consideran “normales” y no como lo que son: un delito y una violación a los derechos humanos de las mujeres (Mattavi, 2017).


El cuerpo femenino ha estado históricamente sometido al impacto de discursos morales, políticos y religiosos que han tratado de disciplinar el comportamiento de la mujer a través de la intervención sobre el cuerpo, y la sexualidad. La capacidad reproductiva de las mujeres y el papel de cuidadoras asignado han servido también de base para justificar la tradicional opresión a la que históricamente se las ha sometido, así como su exclusión de la vida pública (Anarte, 2016).

El sistema matriarcal arcaico dará paso al patriarcado. Engels F. en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, señala que en un momento dado se produce la derrota de las mujeres por parte de los hombres, tras lo cual se instaura la familia monogámica y el patriarcado que se proyecta hasta nuestros días (Burgaleta, E., 2011).

Con el triunfo del patriarcado, según Boeauvoir, S., (1998) éste no fue casual, ni el resultado de una revolución violenta. Desde el origen de la humanidad, su privilegio biológico permitió a los varones afirmarse solos como sujetos soberanos; nunca renunciaron a este privilegio; (…) condenada a desempeñar el papel de la Alteridad, la mujer también estaba condenada a poseer solo un poder precario: esclava o ídolo, nunca elige su destino.


De Barbieri (1992: 155) señala que, a través de la asignación de los roles sociales a las mujeres, los hombres tienen el control de la reproducción, y que son ellos los que establecen y controlan las normas, apropiándose de la capacidad reproductiva, de la sexualidad y de la fuerza de trabajo de las mujeres, de manera que los poderes que tienen los cuerpos femeninos en la reproducción se transforman en subordinaciones, y la capacidad de trabajo de las mujeres es dirigida por las sociedades a la realización de un trabajo socialmente imprescindible pero desvalorizado, el trabajo doméstico, el cuidado de los demás para la perpetuación de la sociedad. Esta autora propone los sistemas género/sexo como el objeto de estudio más amplio para comprender y explicar la relación de dominación-subordinación entre hombres y mujeres. A partir de la definición de género de Rubin (1986), como el sexo socialmente construido, De Barbieri (1992: 151) define estos sistemas como el conjunto de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores que las sociedades elaboran a partir de la diferencia sexual anátomo-fisiológica y que dan sentido a la satisfacción de los impulsos sexuales, a la reproducción de la especie humana y en general a las relaciones entre las personas (Erviti, J., 2005).


De acuerdo con Pinos y Ávila, 2012, la violencia contra la mujer y sus diversas formas de expresión como abuso, violación y asesinato, se encontraba naturalizada y oculta en las sociedades hasta hace algunas décadas. Recién en la segunda mitad del siglo veinte se comienza a nombrar esta violencia específica, como reflejo de la asimetría existente en las relaciones de poder entre hombres y mujeres, considerando esta práctica como una estrategia para mantener y perpetuar la subordinación y desvalorización de lo femenino frente a lo masculino (Rico, 1996; Castro y Riquer, 2003).


La violencia contra la mujer fue reconocida como el delito encubierto más frecuente en el mundo en 1996, y la ONU expresó que la violencia doméstica es asimilable a la tortura y, que por lo tanto, debe ser legalmente penalizada (CEDAW, 1989).


Los impactos de esta violencia pueden ser clasificados en dos categorías:

Efectos no mortales: afectaciones en lo físico, emocional, reproductivo, trastornos crónicos o afectaciones a la calidad de vida e insatisfacción de las necesidades básicas (consumo de alcohol, tabaquismo, alimentación inadecuada, vestido, salud, vivienda, etc.).

Efectos mortales: el homicidio de mujeres o femicidio, el suicidio asociado a la violencia, la mortalidad materna y las consecuencias del VIH-SIDA (Velzeboer y col., 2003).


En el campo académico, existen diferentes estudios que tratan de explicar las características del comportamiento violento y los perfiles de la conducta homicida. Gallardo, Forero, Olivares y Pueyo (2009), realizaron un estudio en el que revisaron los conocimientos que se tiene acerca del desarrollo del comportamiento antisocial y de la interacción entre factores ambientales y genéticos. Los resultados de las investigaciones revisadas han puesto de relieve alteraciones cerebrales que están asociadas al comportamiento violento, tanto desde el punto de vista estructural como funcional o bioquímico. La forma en la que la teoría ha manifestado pertinencia al momento de establecer relaciones entre los procesos biológicos y ambientales permite resaltar la propuesta de Moya (2004) que hace una recopilación de investigaciones que relacionan el daño en las estructuras cerebrales con factores ambientales y procesos epigenéticos y la de Muñoz (2011), quien generó diferencias entre agresores de carácter subcultural y los que pueden manifestar desajustes en su base de personalidad de tipo psicopático (Urazan, 2015).


De igual forma según Pinos, (2012) el femicidio ha tratado de ser explicado según 4 modelos teóricos fundamentales:


1. El Modelo delEl del Aprendizaje social: que indica que la conducta violenta es aprendida en el hogar y en la comunidad, está sustentada en normas sociales y en un sistema de justicia que no sanciona adecuadamente los delitos de este tipo (Hyde y DeLamater, 2006; Valor y col., 2008; CEPLAES, 2010);

2. El Modelo psicopatológico: destaca los trastornos mentales que sufre el agresor; para esta visión el femicida es un enfermo que amerita tratamiento (Elbogen y Johnson, 2009; Eisenberg, 2005; Huguelet y Perroud, 2010; Hyde y DeLamater, 2006);

3. El Modelo de la agresividad, que extrapola investigaciones etológicas desarrolladas por Lorenz, la referencia establece que las conductas se producen ante una variedad de estímulos que provocan frustración al agresor y desencadenan una tendencia personal a la violencia; y

4. El Modelo sistémico explica la violencia en base de una interacción negativa entre una persona predispuesta a la agresión y otra que es agredida, que a menudo han sufrido violencia en su familia de origen y que observan modelos de estas conductas en su entorno sociocultural (Sauceda y Maldonado, 2003; Freeman, 1984; Jiménez, 2006).


Bajo el lineamiento sistémico, Pinos y Ávila (2012), consideran que al femicidio se lo puede entender como el fin de un proceso de violencia sistemática, en el cual interactúan diversos factores: el femicida con sus actitudes e ideas preconcebidas acerca de lo que debe ser la relación con una mujer (su mujer), entendiendo a la violencia como una forma más de convivencia; la víctima como una persona que acepta estas normas implícitas en una relación de pareja, tolera y oculta la violencia sufrida para cumplir adecuadamente con el rol que la sociedad espera de la mujer, y un entorno familiar que se resiste a intervenir, por considerar que la pareja debe resolver sus problemas, cayendo en una actitud pasiva y permisiva, cómplice de la agresión contra la mujer, todo ello en un entorno judicial ineficaz, que no visibiliza el problema en profundidad (Pinos y Ávila, 2012).


Neuropsicobiología de la toma de decisiones y conducta agresiva–antisocial


La conducta agresiva y antisocial muestra que la violencia está asociada con factores: genéticos, neurobiológicos, psicofisiológicos y sociales, que impulsa el resurgimiento de la criminología biológica (Martínez Matute, 2021). La conducta antisocial es analizada desde varias perspectivas teóricas y por varias disciplinas como la psicología, la sociología, la criminología, la neuropsicología, la psiquiatría, la neurobiología, la biología y la genética, entre otras. Sin embargo, desde la perspectiva científica la conducta antisocial es estudiada como un fenómeno biopsicosocial (Sobral, Romero, Luengo, Marzoa, & Sobral Fernández, 2000).


La conducta antisocial se ha asociado a varios factores de riesgo, los principales son: consumo de drogas (Rivas, Gómez, 2002), el maltrato (Valle, 2007), estructura familiar (Sobral et al., 2000) comunicación y conflictos de familia (Rodrigo, García, Máiquez, & Triana, 2005), contexto social y su relación en las relaciones familiares (Frías Armenta, Corral Verdugo, López Escobar, Díaz Méndez, & Peña Bustamante, 2001), y antecedentes de baja escolaridad y trastornos de la conducta (Acero González, Escobar-Córdoba, & Castellanos Castañeda, 2007).


Casey, Jones, & Hare, (2008) plantean un modelo neurobiológico que combina la capacidad de respuesta elevada a las recompensas con la inmadurez de las zonas de control del comportamiento las cuales podrían influir en los adolescentes a buscar inmediatamente ganancias, en lugar de buscarlas a largo plazo. Este modelo puede explicar el aumento de riesgo en la toma de decisiones y comportamientos impulsivos. Adicionalmente, mencionan que las regiones corticales y subcorticales están mediando en el desarrollo del proceso de la toma de decisiones desde la infancia hasta la edad adulta. Se puede inferir que los adolescentes manifestarían una activación exagerada del núcleo accumbens en anticipación a la recompensa.


La propensión de conductas de riesgo en la adolescencia se ha asociado a la duración de los circuitos cerebrales (Oliva, 2004). La propensión de conductas de riesgo en la adolescencia se ha conectado con la búsqueda de la novedad/recompensa lo cual podría ser explicado por tres sistemas neurales: un sistema de evitación-daño (en la amígdala), un sistema de recompensa (en el núcleo accumbens), y un sistema de supervisión eficaz (en la CPF ventral/medial) (Ernest, Pine y Hardin. 2006).


La neuroanatomía del comportamiento violento señala principalmente el rol de las áreas anteriores de la corteza cerebral en la expresión de la agresividad impulsiva. En el sentido neuropsicológico, un funcionamiento prefrontal reducido puede verse traducido en una pérdida de la inhibición o control de estructuras subcorticales, como la amígdala cerebral, de la cual se piensa es la base de los sentimientos y conductas agresivas (Martínez Matute, 2021; Menéndez, 2020).


La corteza prefrontal medial tiene funciones específicas para la toma de decisiones relacionadas con las emociones y la autorregulación emocional. Se plantea un posible desequilibrio funcional de las estructuras corticales frontales y regiones subcorticales en la expresión del comportamiento agresivo de carácter reactivo, se sugierea una perturbación en el sistema de control de arriba-abajo, concerniente a la modulación del córtex prefrontal sobre los actos agresivos, desencadenado a su vez por estímulos que provocan ira. Se postula adicionalmente, un desequilibrio entre la influencia reguladora prefrontal y una respuesta elevada de la amígdala y otras regiones límbicas involucradas en la evaluación afectiva (Martínez Matute, 2021; Pérez-Lalama, Urrutia, Mancheno-Durán, Balseca-Bolaños, & Gamboa-Proaño, 2020).


Emociones, neuronas espejo y neuropsicobiología de la violencia


El cerebro humano es un cerebro emocional que acomete todo de una manera ni completamente racional ni completamente irracional. Una emoción es una función adaptativa que posibilita identificar signos objetivos. En respuesta a ciertos estímulos, nuestro cuerpo reacciona para permitirnos elaborar una respuesta de comportamiento. No debemos confundir emociones con sensaciones (percepciones de estímulos exteriores transmitidos al cerebro. Una sensación puede ser el origen de una emoción. Las emociones tienen un objeto y una causa, que no siempre serán las mismas. Ellas duran en el tiempo y motivan la acción subsecuente. El amor, el odio, el miedo, la cólera, la gratitud, la indignación, los celos, la envidia, el resentimiento, la piedad, la compasión, la culpabilidad, la vergüenza, el orgullo (el amor propio), el pesar o cargo de conciencia, el remordimiento, etc. Cuando nos preguntamos si nuestras emociones son sólo nuestras, la respuesta categórica es no; todo lo contrario, una de las características más evidentes de las emociones es su carácter universal.


La expresión de las emociones primarias como el miedo, cólera, alegría, y disgusto, tienen un reconocimiento universal. Existen matices que dependen de factores individuales ligados al estado de la persona y del contexto en el cual ella expresa o analiza una emoción. Los grandes simios reconocen muy bien el sentido emocional de las expresiones faciales de sus congéneres. Las emociones transitan por precisos circuitos y encrucijadas neuronales. La amígdala es uno de esos puntos de convergencia. Se representa como dos cúmulos de células en forma de almendras ubicados profundamente y por debajo del córtex cerebral, en la parte anterior del lóbulo temporal. Se encarga de recibir información del tálamo, hipocampo, núcleo acumbens, córtex órbito-frontal, piriforme y cingulado, los ganglios basales y también del tronco cerebral (Chneiweiss, 2019; Estévez y Zavala, 2000)


Existen dos redes principales neuronales que conforman el sistema de neuronas espejo (Cattaneo & Rizzolati, 2008): una formada por zonas del lóbulo parietal y la corteza premotora, así como por la parte caudal del giro frontal inferior; y otra formada por la ínsula y la corteza frontal medial anterior. El reconocimiento de las neuronas espejo por Giacomo Rizzolatti, Leonardo Fogassi y Vittorio Gallese en 1996 ha sido uno de los hitos centrales en la comprensión de la empatía desde la Neurociencia (Shand, 2014).


El conjunto de núcleos cerebrales que regulan las emociones forman el Sistema Límbico (área ventral tegmental, núcleo accumbens, hipocampo, núcleos septales laterales, corteza frontal). Recientemente, otras estructuras han sido adicionadas al sistema límbico tradicional (Gelder, Morris & Dolan, 2005). Éstas son la amígdala y la corteza orbito-frontal. El sistema límbico junto con las estructuras de la corteza frontal, procesan los estímulos emocionales y los integran a funciones cerebrales complejas, las cuales incluyen: decisiones racionales, expresión e interpretación de conductas sociales e incluso la generación de juicios morales, entendiéndose estos últimos como los actos mentales que afirman o niegan el valor moral frente a una situación o comportamiento (Kandel, 2000).


El sistema límbico responde a ciertos estímulos ambientales generando respuestas emocionales; como: miedo, alegría, enojo o tristeza. Aunque dichas emociones han sido consideradas características y únicas del humano, Chales Darwin las describió en varias especies y en animales cercanos en la escala filogenética del humano, como los primates. A principios del siglo XIX se describió el mecanismo por el cual este sistema regula las emociones y cómo los seres humanos reconocen y comparten las mismas (empatía). La descripción de los generadores de patrones centrales (CPG’s), como estructuras anatómico-funcionales conservadas evolutivamente, sugiere su participación en la regulación de varias actividades, incluidas las emociones y la empatía. Lo que daría un carácter de universalidad e incluso de reconocimiento conductual inter especies. El placer, la tristeza, la depresión, el miedo, el enojo, la hostilidad, la ansiedad, son emociones que dan ciertas tonalidades a nuestra vida cotidiana, que enriquecen cada una de nuestras experiencias y nos permiten aplicar el conocimiento obtenido con pasión y carácter. Cuando la intensidad y características de estas emociones salen de los valores “normales” o fisiológicos, se presentan desórdenes emocionales, los cuales constituyen un gran número de enfermedades mentales, por ejemplo, la depresión, las psicosis y los trastornos de afectividad. (López, 2009).


Varios trabajos aportan evidencias anatómicas y fisiológicas sobre la existencia de redes de neuronas con propiedades de integración sensoriomotoras, denominadas "neuronas espejo". Estas neuronas se caracterizan por codificar las acciones tanto realizadas por el propio individuo, como observadas; constituirían el sustrato neural de la comprensión del significado de las acciones de otros individuos. Se plantean,otras hipótesis que vinculan el sistema de neuronas espejo con la codificación de habilidades del comportamiento aprendidas, la capacidad de imitación de los humanos, el comportamiento social, la formación y comprensión de conceptos abstractos, la comunicación y el lenguaje (Lorio, 2010).


Britton, Causadias, Zapata, Barb y Sánchez (2010) en su estudio denominado “neuropsicología del crimen: función ejecutiva e inteligencia en una muestra de hombres condenados por homicidio en Ppanamá” en el cual analizaron tres grupos de hombres condenados por delitos como femicidio de pareja íntima, homicidio no relacional, y delitos no violentos, evaluaron la inteligencia verbal mediante el Test de Inteligencia para Adultos WAIS III (Wechsler, 2002) y la no verbal con el TONI-2 (Brown, Sherbenou, & Johnsen, 1990) así como el desempeño en tareas de función ejecutiva con los test TMT (Reitan, 1958), Stroop (Golden, 1994), y COWAT (Benton & Hamsher, 1989). Los resultados encontrados evidenciaron que el grupo de femicidio de pareja íntima mostró diferencias con los otros dos grupos en cuanto a un peor desempeño en el Stroop, lo que pudiera estar relacionado con un déficit en la velocidad de procesamiento en este grupo, por otra parte, la característica más pronunciada en cuanto al desempeño cognitivo en los tres grupos evaluados, fue un déficit en el CI verbal, de igual forma, el estudio evidencióo que se muestra una asociación significativa entre el CI verbal y las variables nivel de escolaridad, CI no verbal, y el desempeño en la mayoría de las pruebas neuropsicológicas utilizadas.


Las neuronas espejo fuera de ayudarnos a reconocer las acciones y los pensamientos del otro, también pueden desempeñar un papel muy importante en la comprensión de los comportamientos violentos, ya debido a que el cerebro interioriza esquemas de acción y de percepción de acuerdo con el contexto social y cultural en el cual se desarrollae el cerebro humano. En tal sentido, se hace necesario resaltar que muchos comportamientos violentos se caracterizan por la falta de compasión o de empatía que tiene el sujeto que va actuar en contra de la normatividad social o escolar en la que se desenvuelve. Esta ausencia de empatía emocional, acompañada en muchos casos por maltrato intrafamiliar o abusos sexuales, fuera de actuar en detrimento del tamaño de la amígdala y del córtex frontal, originan la ansiedad y la tendencia a ser instintivo o impulsivo por parte de los violentos. Estas patologías también pueden generar daños neurofisiológicos relacionados con el desarrollo y la cantidad de neuronas espejo, debido a la secreción excesiva de cortisol sanguíneo que es el causante de la poda neuronal producto del estrés, la ansiedad y la depresión que originan estos desbalances neuroquímicos.


En definitiva, sin un niño crece en un ambiente violento desde pequeño (donde se produce el mayor grado de mielinización y de plasticidad cerebral), y continuamente vive inmerso y expuesto a un ambiente inhóspito, las neuronas espejo dentro de su proceso de adaptación biológica se activan para replicar dichos comportamientos violentos que producen copias en su sistema motor y de esta forma tendrá un grado de predisposición muy alta a la actuación violenta, cuando a través del córtex frontal se active el plan neuronal de acción o de ataque.


Por lo que se debe recordar, que el córtex frontal junto con la amígdala se encarga de controlar los impulsos emocionales del sistema límbico. Por lo tanto, existen desconexiones o malformaciones como ya se han planteado durante el desarrollo debido al maltrato intrafamiliar, accidentes o por alteraciones genéticas, se producen trastornos de la personalidad como el caso de los sicópatas que son seres incapaces de ponerse en el lugar del otro, y por esto hacen tanto daño con placer y alevosía porque al tener amígdalas cerebrales pequeñas no sienten miedo ni compasión por el otro, y esto los hace seres impulsivos que en muchas oportunidades se convierten en asesinos en serie caracterizados por poseer estrategias de planificación de alto grado intelectualidad, pero de una ausencia total de empatía emocional, es decir, son seres totalmente desconectados de lo social y sin conciencia (Jiménez, s/f)


Finalmente, los seres humanos, a diferencia de otros seres vivos, somos criaturas sociales y esto se debe a que nuestro proceso de sobrevivencia y adaptación se concentró en la agrupación y en el entendimiento de las acciones, intenciones y emociones de los demás. Si bien es cierto que somos racionales, muchas de nuestras acciones se llevan a cabo sintiendo más que pensando. Esto se debe a las neuronas espejo que actúan no solo en conductas motoras, sino también emocionales (sistema límbico y amígdala). Además de ayudarnos a reconocer las acciones y los pensamientos del otro, desempeñan un papel muy importante en la comprensión de los comportamientos violentos, ya que el cerebro interioriza esquemas de acción y de percepción de acuerdo al contexto social y cultural en el que nos desarrollemos.


Los grandes avances en neuroética y neurociencias permitirán pronto lograr una sólida contribución y una mejor comprensión de los determinantes psicobiológicos de ésta tragedia, el femicidio. Ni una más.