SALUD, PANDEMIA Y CORRUPCIÓN

Actualizado: abr 1





Pedro Isaac Barreiro MD. MSP






Hace pocos días, el 21 de febrero, los médicos ecuatorianos recordábamos al más conspicuo representante de la ilustración y paradigma de la medicina y de la salud pública ecuatorianas, don Francisco Xavier Eugenio Santa Cruz y Espejo, ilustre quiteño nacido 274 años atrás, cuyo legado perdura en las bases de la filosofía, el conocimiento y la práctica de quienes dedican las mejores etapas de sus vidas a velar por el bienestar de su población: los trabajadores de la salud.


La controversial figura de Espejo cobra actualidad y se agiganta, precisamente en recurrentes etapas de la historia en las que azotes epidémicos de diversa índole, amenazan la vida de las personas y las obligan a vivir en un ambiente de incertidumbre, doblegadas por el temor al sufrimiento y a la muerte. La historia universal ha perennizado los devastadores efectos de la viruela, la bubónica, el cólera, la tuberculosis o la malaria en extensos territorios de casi todos los continentes, cuyas amenazas y daños han puesto a prueba el ingenio, la inteligencia, la vocación de servicio, la solidaridad y el coraje de quienes, corriendo toda suerte de riesgos, emprendieron, voluntariamente, la tarea de enfrentar tales pestes, que es como genéricamente la humanidad empezó a denominarlas.


Entre esos personajes, a los que la humanidad les debe su supervivencia no puede dejar de mencionarse, entre muchos otros, a Alexander Fleming, Edward Jenner, William Osler, Louis Pasteur, Elizabeth Blackwell, Francisco Javier Balmis, o John Snow. Por supuesto, existen otros nombres -muchísimos más- que, ya sea encerrados en un laboratorio, recopilando información en un consultorio o desplazándose en comunidades y viviendas infestadas, consolidaron y contribuyeron a incrementar el milenario conocimiento acumulado acerca de las enfermedades, en los campos de la epidemiología, la microbiología, la inmunología, la bioquímica, etc., mucho antes de que se vislumbraran y se materializaran los avances tecnológicos logrados gracias al desarrollo de la biología molecular (genómica), o la ingeniería genética, que posibilitan intervenciones y modificaciones de estructuras intracelulares o virales hasta hace poco inaccesibles, como los ribosomas o los ácidos nucleicos por ejemplo.


Con la llegada del coronavirus SARS-CoV-2 a nuestro país en febrero de 2020 se ha producido una reiterada y muy útil -aunque incompleta- revisión de algunas epidemias que, en diferentes épocas han llegado a nuestros territorios, especialmente aquellas de los siglos XVIII y XX, en las cuales la participación de dos médicos ecuatorianos fue de trascendental importancia para lograr su control.


La primera de ellas, la histórica epidemia de viruelas sufrida en el Siglo XVIII por los habitantes de nuestros territorios, es decir en la época del doctor Espejo, y sobre la cual, nuestro ilustre personaje escribiera, en 1785, sus famosas “Reflexiones sobre la utilidad, importancia y conveniencias que propone don Francisco Gil,…” (comúnmente conocida como Reflexiones sobre las viruelas) en la que se anticipa, con muchos años a la teoría microbiana cuando -igual que otros ilustres médicos de varios países- se refiere a “los atomillos tenues, pero pestilentes de la viruela” como causantes del mal y se insiste en el indispensable mejoramiento de las condiciones sanitarias de la ciudad de Quito y de sus habitantes, a fin de evitar los contagios….


Y, la segunda, la mal llamada gripe española, que arribó a nuestro país en diciembre de 1918, durante el gobierno de don Alfredo Baquerizo Moreno, durante la cual, la acertada participación del doctor Isidro Ayora Cueva, con una clara visión de salud pública y participación comunitaria, constituyó un factor decisivo para lograr su control en pocos meses, pese a lo cual, hubo 15.000 personas contagiadas, con una afortunadamente baja tasa de letalidad.


Hoy enfrentamos una nueva pandemia causada por un nuevo coronavirus, el SARS-Cov-2, que, habiéndose iniciado en Wuhan a finales de 2019, llegó a nuestro país en febrero de 2020, transportado por una persona procedente de Europa, donde la epidemia ya había alcanzado niveles de contagio alarmantes debido a su extraordinaria velocidad de propagación, al insuficiente conocimiento del agente causal, a la extraordinaria movilidad de la población mundial y a las debilidades de los sistemas de vigilancia epidemiológica y tratamiento de los casos.


Ecuador, igual que el resto del mundo, no estuvo preparado para contener la ola de contagios y de fallecimientos. La incidencia de contagiados llegó a niveles nunca antes observados en nuestro país. Y la falta de información y de un plan de detección y aislamiento oportuno de casos, sumados al colapso de las unidades de servicios de salud, especialmente en las áreas de emergencias y de cuidados intensivos, generaron pánico y justificadas reclamaciones en grandes sectores de la población cuyos pacientes no lograban obtener la atención que necesitaban. En medio de esa emergencia, los trabajadores de la salud, médicos, enfermeros, auxiliares, camilleros, choferes de ambulancia, servidores de limpieza, etc., continuaron trabajando denodadamente en condiciones deplorables, sin adecuados equipos de protección, algunos con horarios extenuantes, otros hasta sin salario… Y muchos se infectaron. Y muchos, en verdaderos actos heroicos, fallecieron en sus propias unidades de salud.


Y, en medio de semejante tragedia la población vio, asombrada, el surgimiento de otra epidemia, otra plaga aún más letal que la descrita: la epidemia de la corrupción, monstruosa peste, a la que habría que atribuirle muchas de las muertes producidas en estos 12 meses. A sus desvergonzados portadores habrá que identificarlos y castigarlos cuanto antes, estén donde estén. Ojalá sea pronto.


PIB/2021/02/28

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