A PROPÓSITO DE LA INMUNIDAD “DE REBAÑO”

Actualizado: 1 ene





Dr. Pedro Isaac Barreiro Chancay

Maestro en Salud Pública





Muy cerca de finalizar el año 2019 y con las primeras noticias e imágenes -difundidas en todo el mundo acerca de la aparición de una rara enfermedad infecciosa en Wuham (provincia de Hubei, RPCH), se incrementó el uso de numerosas palabras generalmente poco utilizadas en el lenguaje popular, como epidemia, virus, pandemia, inmunización, cuarentena, etc. Tales términos, frecuentes en los ámbitos profesionales de la salud, pronto se complementaron con otros, de carácter y contenido mucho más complejos, como anticuerpos, ribosomas, membrana celular, ADN, RNA mensajero, virulencia, etc., y, entre todos ellos, también reaparecieron tres palabras que juntas, más que una definición, abarcan un concepto que, mal utilizado, puede constituirse en un peligroso riesgo para la salud y aún para la vida de millones de personas. Se trata de “la inmunidad de rebaño”.


Este concepto (que internacionalmente se conoce como herd inmunity) en términos generales se refiere a la protección que, de manera indirecta, obtienen las personas susceptibles de infectarse, gracias a que en su comunidad existe una elevada proporción de personas inmunes a la infección luego de haberse recuperado de una infección natural, o de haber sido vacunados contra un agente infeccioso específico, lo cual funciona como una barrera que impide la cadena de transmisión del agente infeccioso. Este hecho real, insuficientemente analizado, ha sido utilizado para fortalecer un creciente movimiento de rechazo a las vacunas, apoyado además por aseveraciones de escaso valor científico y por dudas acerca de sus beneficios, objeciones religiosas, miedo a posibles riesgos derivados de su administración, etc., que, en su conjunto entorpecen el enorme esfuerzo desarrollado para controlar la actual pandemia ocasionada por el SARS-CoV-2.


Asumiendo la posibilidad de que sea una aseveración equivocada, me atrevo a sostener que muy pocos defensores de la “inmunidad de rebaño” han reflexionado, analizado, o, al menos han tenido referencia de algunos componentes indispensables para el estudio de una epidemia, como son, por ejemplo, el Número Básico de Reproducción (NBR), el Umbral de Inmunidad Colectiva (UIC), la Efectividad Vacunal (E) o la duración de la inmunidad luego de la infección.


La capacidad de mutación del SARS-Cov-2 es tan alta, que su inicial NBR (número de casos secundarios que genera una persona infectada), estimado a inicios de la pandemia en alrededor de 3, hoy, con la variante delta se estima entre 6 y 8, número de reproducción elevado, pero muy inferior al de la nueva variante (Ómicron) detectada en Sudáfrica, cuya alarmante velocidad de propagación, que parece estar relacionada con el elevado número de cambios en su código genético (mutaciones), ha causado gran preocupación en todo el mundo y ha obligado a la gran industria farmacéutica a reformular la producción de las actuales vacunas.


Frente a esta realidad, los cálculos para estimar el umbral de inmunidad colectiva, es decir la proporción mínima de personas inmunes necesaria para reducir la incidencia de la infección por SARS-Cov-2, requiere de nuevos cálculos y estimaciones urgentes a fin de evitar que, sin suficiente sustento técnico, se publicite que con un 70 u 80 por ciento de población inmunizada (ya sea por vía “natural” o por la administración de la vacuna) se podrá contener la pandemia actual. Parece que, debido a la velocidad y número de mutaciones del virus, el umbral de inmunidad colectiva superará con creces el 90% de la población.


El cada vez mayor pero insuficiente conocimiento del virus responsable de la actual pandemia, obliga, tanto a las autoridades de salud como a todas las personas, a revisar obsoletos paradigmas, producto de un no evolucionado pensamiento darwinista a fin de evitar, por ejemplo, lo sucedido en Suecia, cuya resistencia a adoptar medidas drásticas determinó que la tasa de letalidad llegara a casi 40 muertes por cien mil habitantes, mientras que en Noruega y Finlandia, países vecinos, esa tasa fluctuara entre 4,4 y 5.6 respectivamente.


Colofón: La historia de las epidemias, y, tanto los costos en vidas y en sufrimientos, como el esfuerzo por controlarlos, están bien documentados. El positivo rol que han jugado las vacunas y su permanente perfeccionamiento iniciado hace más de doscientos años, está plenamente demostrado con los éxitos obtenidos frente a la viruela, la difteria, el tétanos y la poliomielitis, por ejemplo. Defender la inmunización natural como único mecanismo para contener la actual pandemia significa no solamente exponer a las personas a la infección y, eventualmente al riesgo de enfermar y morir por causa del virus, sino que además resulta antiético exponerlas a ese riesgo existiendo una alternativa más segura y eficiente, producto de los avances en el conocimiento, en las innovaciones tecnológicas hoy disponibles, y en el enfoque sistémico de las epidemias.


Finalmente, mientras se perfeccionan las vacunas, sus mecanismos de distribución y disponibilidad y/o hasta que se logre construir un producto farmacológico seguro que inactive o que destruya el virus, debe reforzarse y acelerarse la vacunación, e insistirse en la obligatoriedad del uso de mascarillas; en el distanciamiento social; en el lavado frecuente de las manos; y, en la restricción de las aglomeraciones. Tengamos siempre presente la verdad que encierra el eslogan que dice: “Nadie está a salvo hasta que todos lo estemos”.


Referencias


  • Salvador Peiró Moreno: Centre Superior d’Investigació en Salut Pública (España).

  • Carlos Tessore y Carlos Petrella: Universidad de la República (Uruguay).

  • Brian Mochon: Universidad de Arizona (USA).

  • Esperanza Gómez-Lucía y José Antonio Ruiz-Santa-Quiteria: Universidad Complutense (Madrid).

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