LA SALUD PÚBLICA Y LAS EPIDEMIAS





Pedro Isaac Barreiro, MSP






La definición de Salud Pública como el “esfuerzo organizado de la sociedad a través de sus instituciones de carácter público, para mejorar, promover, proteger y restaurar la salud de las poblaciones por medio de actuaciones de alcance colectivo”¹ nos permite aseverar que sus orígenes, al menos en nuestro país, se remontan al Siglo XVIII, es decir a la época del doctor Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo, aquel médico y duende,² que con su pensamiento y su obra, sacudió la molicie de la moribunda administración pública colonial que, en materia de salubridad, fue incapaz de controlar los azotes que diezmaban, periódicamente a nuestra población.

Ese revolucionario Espejo es, en sí mismo, el germen, la primera semilla de la salud pública ecuatoriana, sembrada en los insalubres barrios del Quito de ese entonces y en los patios, los corredores y las habitaciones del querido y recordado Hospital de la Santa Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo de Real Patrocinio: el viejo Hospital San Juan de Dios.

Durante todo el Siglo XIX, ya desarticulada la Real Audiencia de Quito, nuestra naciente república debió continuar enfrentando, con el incipiente conocimiento científico de la época, los azotes de repetitivas epidemias, que se ensañaban especialmente en los segmentos más pobres y por tanto más vulnerables de la sociedad.

Es precisamente en esa época cuando comienza a gestarse una nueva forma de abordar los problemas de salud colectivos gracias, en gran medida, a la difusión del pensamiento del gran investigador y salubrista polaco Rudolf Virchow quien, sobre la base de su experiencia y sus agudas observaciones, sostuvo que “la medicina es una ciencia social y la política es medicina en gran escala”.³

Es entonces, en los albores del Siglo XX, cuando aparece otra figura de enorme relevancia en la naciente salud pública ecuatoriana: el doctor Isidro Ayora Cueva, ilustre médico lojano, a quien, como decano de la Facultad de Medicina y concejal de Quito, le tocó liderar la lucha contra la llamada “gripe española”, epidemia que en 1918 asoló Europa y que había ingresado a nuestro país en diciembre del mencionado año. Bien puede afirmarse que es con el liderazgo del doctor Ayora y con su accionar coordinado con el Municipio de Quito y el Ministerio del Interior, cuando nace la actual Salud Pública Ecuatoriana pues, coincidentemente pocos meses antes, había arribado a la ciudad de Guayaquil don Hideyo Noguchi, el eminente investigador japonés llamado para combatir la epidemia de fiebre amarilla que asolaba al puerto.⁴

La actividad profesional de los doctores Espejo y Ayora rebasó el tradicional ejercicio de la medicina estrictamente individual, que, a partir de esa época, extendió su mirada hacia los aspectos ambientales que propician la aparición y el mantenimiento de la enfermedad, tanto en los individuos cuanto en los conglomerados humanos. Desde entonces, el paradigma de la salud pública comenzó a tomar cuerpo, gracias a la construcción de un nuevo andamiaje teórico, fundamentado en el descubrimiento y la demostración de las bases científicas del dinámico proceso salud-enfermedad, indisolublemente ligado a la conducción política de una población.

En 1957 nació la Sociedad Ecuatoriana de Salubridad. Ya para entonces ilustres médicos, ingenieros, enfermeras, trabajadores sociales, abogados y más ecuatorianos de diversas profesiones, se encontraban bregando en el ilimitado campo de la salud colectiva al amparo de lo que en ese entonces comenzó a llamarse la “medicina social”.

Las convulsiones políticas experimentadas por el Ecuador durante los siguientes 20 años amainaron transitoriamente con el inicio del gobierno del abogado Jaime Roldós Aguilera, en 1979, apenas un año después de la histórica Conferencia de Alma Ata de 1978 sobre la Atención Primaria de Salud. Fue entonces cuando mediante un Acuerdo Ministerial expedido en diciembre de 1980, se reformaron los estatutos de la Sociedad Ecuatoriana de Salubridad y nació la Sociedad Ecuatoriana de Salud Pública, cuya reactivación, en febrero de 2020 al cabo de aproximadamente 20 años de nula actividad e inentendible silencio, se constituye en un oportuno e invalorable aporte para enfrentar la epidemia por Covid-19 que hoy sufrimos.

Confiemos que, con el ejemplo de Espejo, de Ayora y de otros insignes salubristas ecuatorianos, la renovada Sociedad Ecuatoriana de Salud Pública se constituya en un sólido y orientador componente del esfuerzo nacional en la lucha por la contención de la epidemia actual, al margen de los extremismos ideológicos que no solo separan y enfrentan a los seres humanos, sino que, además, incrementan el riesgo de agravar los daños a la salud integral de nuestra población.

Recordemos siempre que mantener un buen nivel de salud de una población es responsabilidad de todos, es decir, de sus gobernantes, sus trabajadores de la salud, de sus educadores y, sobre todo, de la ciudadanía entera, a través de intervenciones que no deben limitarse únicamente al cuidado de pacientes, ya que no se puede esperar la existencia de un individuo sano en un ambiente en acelerada descomposición, en el que el virus circula casi libremente en medio de una sociedad empobrecida, mal informada, carente de solidaridad y disciplina.


Referencias


1. OPS – 20

2. Garcés, Enrique: Eugenio Espejo: Médico y Duende. Imprenta Municipal. Quito, 1944

3. Virchow, Rudolf: Swidin, Polonia – 1821-1902

4. Espinosa, Simón: Presidentes del Ecuador. Editores Nacionales S.A. Segunda edición. Guayaquil, 1998.

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