MATILDE HIDALGO DE PROCEL: MÉDICA, DEMOCRATA Y VISIONARIA SOCIAL







Amílcar Tapia Tamayo

Doctor en Historia, Académico Nacional, Historiador adjunto al rectorado de la Universidad Central del Ecuador










En la historia social y política del Ecuador, descuella con honor el nombre de Deifilia Matilde Inés Hidalgo Navarro, nombre propio de la ilustre lojana que nació en las orillas del Zamora el 29 de septiembre de 1889.

Fueron sus padres el ciudadano zarumeño Manuel Hidalgo Pauta, de ocupación comerciante, y de Carmen Navarro del Castillo, natural de Caracas. Tenía 6 hermanos.

Cuando era muy niña, Matilde perdió a su padre, quien en un viaje a Perú tuvo un grave problema de salud y murió. Su hermano mayor Antonio que prestaba sus servicios en la iglesia de San Sebastián como organista, se hizo cargo de su educación. A los cuatro años, la pequeña aprendió a leer y escribir, conocimiento que le permitió ingresar a la escuela La Inmaculada, regentada por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, “en donde demostró su interés por los demás, defendiendo a las más pequeñas de sus compañeras y reclamando cuando se las trataba mal” (Lombeida, Juan, Personajes históricos de Loja, Loja, Imprenta García, 1975, p. 72). A su corta edad, fue ayudante de enfermería en su escuela, naciendo desde entonces su interés por la medicina.

Terminada la primaria, en 1907 la madre pidió matrícula para su hija en el colegio Bernardo Valdivieso, solicitud que fue concedida por el Dr. Ángel Rubén Ojeda, rector del plantel. “A comienzos de siglo XX, la mujer estaba relegada al servicio de la casa, crianza de los hijos y la práctica de labores manuales, por lo que para la mayoría de la pequeña sociedad lojana, el ingreso de una mujer a un colegio de varones era inconcebible, razón por la que la estudiante era incriminada en la calle, siendo objeto de burlas y sarcasmos, llegando a la diatriba y la ofensa; incluso el cura de la parroquia le prohibió ingresar al templo por considerarla “indecente” Sufrió mucho; sin embargo, su hermano Antonio, profesores y autoridades la estimulaban para que termine sus estudios secundarios. Se graduó con honores el 8 de octubre de 1913, siendo la primera mujer bachiller del país” (Ibid. Lombeida, p. 90)

Luego de una serie de sucesos familiares, en donde, incluso, su novio Fernando Procel, quien había sido su compañero en el colegio Valdivieso, apenas terminaron el colegio querían casarse, hecho que fue impedido por su madre Carmen que “consideró inoportuno este matrimonio por cuanto ambos eran muy jóvenes, sin oficio ni beneficio” (Ibid. Lombeida).

Esta situación incomodó a Matilde y decidió ingresar a la comunidad de monjas de la Caridad por lo que viajó a Quito; sin embargo, su hermano Antonio la convenció para que estudie medicina en la Universidad Central, por lo que pidieron cita al doctor Lino Cárdenas, rector de la universidad, para solicitarle inscripción en la respectiva facultad. Cárdenas se opuso, aduciendo que “la medicina no era una carrera para una mujer y que mejor sería que estudiara Obstetricia o Farmacia, pues creía que eran profesiones más apropiadas” (Pérez Pimentel, Diccionario Biográfico Ecuatoriano, Tomo 10)

Ante la negativa, decidió pedir al doctor Honorato Vásquez, rector de la Universidad de Cuenca, le permitiera el ingreso a la facultad de Medicina, asunto que fue concedido de inmediato. Este hecho alarmó a profesores y alumnos de la especialidad, así como a la gente cuencana, caracterizada por su tradicional sentido religioso y trataban a Matilde como “loca ofrecida”, “laica sinvergüenza” “desvergonzada”; sin embargo, ella jamás claudicó en sus afanes por salir adelante.

El 3 de noviembre de 1916, participó en una velada musical organizada por las autoridades de la ciudad y la universidad en homenaje a la capital azuaya, leyendo su poema “A Cuenca”. Terminada su intervención, el Dr. Octavio Cordero Palacios, tomó la palabra para felicitar y exaltar las virtudes literarias y poéticas de Matilde Hidalgo, razón por la que recibió numerosos aplausos y felicitaciones de todos los concurrentes, con lo cual cambió en parte la actitud ofensiva de quienes la denostaban.

El 29 de junio de 1929 rindió su grado de Licenciada en Medicina con las más altas calificaciones. Luego viajó a Quito para matricularse en el quinto año de Medicina en la Universidad Central. El rector, Dr. Aurelio Mosquera Narváez, dispuso que le dieran todas las facilidades para realizar sus estudios (Archivo histórico UCE Informes de la Facultad de Medicina, 1929); sin embargo, cuando pidió hacer sus prácticas de Clínica y Cirugía en el hospital San Juan de Dios, el Dr. Manuel Salazar, médico de la sala, se opuso de forma terminante, por lo que el Dr. Isidro Ayora, la llamó y nombró como directora profesora del primer curso de Enfermería que se dictaba en la Maternidad. El Dr. Salazar señaló que “No es posible tener a una mujer por más buena estudiante que sea en una sala en donde sólo hay médicos varones. Esto podría convertirse en un lugar donde ella sea centro de atracción, más no de atención. Protesto por ello y no autorizo su presencia…” (Ibid. archivo UCE. Medicina, 1930)

Por su parte, Fernando Prócel Lafebre, su antiguo novio, también viajó a Quito y se inscribió en la facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central del Ecuador, logrando graduarse como abogado. Reiniciaron su compromiso personal, decidiendo que antes de casarse ella debía graduarse como médica. Estaba preparando su tesis sobre “Estudio sintomático de los accesos edápticos” .

El 21 de noviembre de 1919 rindió sus pruebas finales con la calificación de “cinco primeras” (Archivo histórico de la UCE, Facultad de Medicina, 1919), siendo, a su vez, la primera mujer en graduarse como doctora en Medicina.

En diciembre del mismo año regresó a Loja, ciudad que la acogió con respeto y admiración por su tenacidad y perseverancia. Hay una anécdota que la refiere Lombeida: “La doctora Hidalgo, apenas regresó a su tierra natal, a la que volvió por instancias de su madre, decidió poner un consultorio médico, el cual pronto se llenó de pacientes debido a los aciertos en sus recetas y tratamientos, con la circunstancia de que casi todos eran gente pobre y de bajos recursos económicos, entre ellos se hallaba una señora de apellido Armijos que cuando era joven y vivía frente a la casa de uno de sus hermanos, no cesaba en atormentarla con insultos y groserías por estudiar en colegio de varones. Esta señora vivía sola y abandonada por sus hijos, por lo que sufría de varias enfermedades. Cuando fue al consultorio de la Dra. Hidalgo, ella la recibió con suma cortesía y deferencia, por lo que la señora se puso a llorar pidiéndole perdón por las ofensas anteriores, a lo que Matilde Hidalgo se limitó a decir: “La educación y el amor lo dispensan todo. Si no hubiese sido por sus ofensas, tal vez nunca me hubiese graduado de médica. Sus palabras, lejos de hacerme daño, me daban fuerzas para seguir adelante. Venga, señora, en qué le puedo servir…” (Ibid. Lombeida, p. 100)

Sin embargo, el médico no se halla exento de problemas profesionales. Ocurrió el caso de una mala práctica en la que Matilde ayudó a un colega suyo en una operación que terminó con la muerte del paciente, por lo que fue acusada de negligencia y se le siguió juicio, razón por la que debió abandonar Loja y radicarse en Guayaquil, en donde prestó sus servicio en el Hospital General en calidad de médica auxiliar, con la circunstancia de que le tocó ser testigo desde el punto de vista médico de la masacre de los trabajadores del 15 de noviembre de 1922, hecho que jamás se borrará de su mente, tal como lo relata Jenny Estrada, otra de sus biógrafas (Una mujer total: Matilde Hidalgo de Prócel, Imprenta de la Universidad de Guayaquil, 1980).

En 1923 contrae matrimonio con el abogado Fernando Prócel Lefebre y se trasladan a vivir en Machala debido a que a su marido le nombraron profesor del colegio “9 de octubre”. Ella abrió su modesto consultorio médico al cual concurrían gentes de escasos recursos económicos, a quienes no cobraba la consulta. A los que podían pagar, les pedía la módica suma de tres sucres, cuando el resto de los médicos habían establecido la mínima tarifa de cinco sucres, lo que ocasionó el reclamo de sus colegas.

En abril de 1924, en el gobierno de José Luis Tamayo, llama a elecciones para elegir a senadores y diputados, disponiendo que todos los ciudadanos se inscriban en los padrones electorales. A este llamado acudió Matilde Hidalgo, pero fue rechazada por los miembros de la mesa electoral, aduciendo que era mujer. Ella insistió amparándose en el mandato constitucional de que “Para ser ciudadano ecuatoriano se requiere tener 21 años de edad y saber leer y escribir”. Le hicieron notar que la disposición decía: “ecuatoriano, no ecuatoriana…” (Ibid. Jenny Estrada). Protestó y elevó su queja al ministerio del Interior, logrando respuesta afirmativa del ministro Francisco Ochoa Ortiz; sin embargo, el Concejo cantonal de Machala que había sumido la competencia, no estuvo de acuerdo con esta resolución y apeló al Consejo de Estado que en histórica sesión del 9 de junio de 1924 dio su parecer de manera positiva, por lo que Matilde Hidalgo pudo acercarse a votar el 11 y 14 de ese mismo mes, siendo la primera mujer de América Latina en dar su voto de forma democrática.

Poco tiempo después, en 1925 fue elegida concejal de Machala. En 1926, candidatizada por el Partido Liberal, llegó a ocupar la Vicepresidencia del Municipio Machaleño. En ese mismo año, Isidro Ayora, como Presidente de la República, la nombró Subdirectora de la Junta de Asistencia Pública de El Oro, cargo ad-honorem que ejerció hasta 1934. Logró remodelar los hospitales públicos y abrir el primer consultorio público gratuito a cargo de esta institución.

Entre los años 1933 y 1939 ocupó el vicerrectorado del colegio “9 de octubre de Machala”, cargo al que renunció para trasladarse a Quito a fin de educar a sus hijos. En la capital fue médico-profesora del Normal “Manuela Cañizares”, gracias al apoyo del Presidente Aurelio Mosquera Narváez, quien fue también rector de la universidad Central del Ecuador. En este plantel ejerció el vicerrectorado en 1942.

Para 1944 la encontramos en calidad de directora del Primer Curso de Enfermería auspiciado por el Servicio Cooperativo Internacional de Salud Pública de los Estados Unidos.

En 1947 concurrió como delegada por el Ecuador a la Primera Reunión de Mujeres Médicas de América, reunida en Méjico, en donde fue designada como autoridad del evento.

En 1949 fue becada por el gobierno argentino para realizar estudios de especialidad de Pediatría, Neurología y Dietética en el Hospital del Niño de Buenos Aires. A su regreso, tornó a Machala para acompañar a su esposo en el desarrollo de actividades sociales, siempre orientadas a las clases sociales más necesitadas.

A partir de ese año desarrolló una serie de actividades profesionales y particulares. Se dedicó con especial entusiasmo a temas médicos, como la creación de la Cruz Roja de El Oro; establecimiento de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo El Oro por encargo de Benjamín Carrión, su ilustre paisano; Comité Patriótico Femenino para el Desarrollo Provincial, destacando los cursos de enfermería, primeros auxilios y pediatría. Por sus actividades fue distinguida en varias ocasiones recibiendo las máximas preseas provinciales.

Quito, Guayaquil y otras ciudades ecuatorianas le ofrecieron sendos homenajes por su invalorable apoyo a la medicina, la democracia y el servicio social.

En julio de 1973 falleció su esposo de un infarto, situación que le produjo un profundo abatimiento que le ocasionó en poco tiempo problemas de salud, sufriendo, entre otros males, un ataque de apoplejía, del cual no pudo recuperarse a pesar de las atenciones de su hijo Fernando que era médico en el hospital del Seguro Social de Guayaquil, ciudad a la cual fue trasladada de emergencia. Finalmente murió el 20 de febrero de 1974 a los 85 años de edad.

Matilde Hidalgo de Prócel se distinguió por su calidad humana y profesional; por su lucha tenaz para cambiar la situación social del Ecuador, particularmente de las mujeres a las cuales dio dignidad en el ejercicio de sus derechos democráticos. Esta mujer de estatura baja, tez canela clara, pelo y ojos negros, menudita y delgada, mirar sereno, alegre, confiado, tranquilo y optimista, poseedora de un espíritu formidable para enfrentarse a las adversidades; luchadora sin par y visionaria ejemplar es en la actualidad una de las figuras más respetables a quien la Historia nacional aún no le ha otorgado el verdadero sitial que por derecho le corresponde.

La Universidad Central del Ecuador y particularmente la Facultad de Ciencias Médicas, se honran en tenerla como ejemplo vivo para las presentes y futuras generaciones de médicos y profesionales.

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