Hacia una comisión nacional de conciliación, mediación y arbitraje médico

Actualizado: 24 de jul de 2019

Gabriel Ordóñez Nieto

Ex Presidente del Colegio Médico de Pichincha



Exposición de motivos

Criminalizar la práctica de la medicina y condenar a sus actores al escarnio público, a la cárcel, al pago de cuantiosas indemnizaciones y al ostracismo es una tarea fácil para quienes creen que legislar en esta materia sirve para complacer ofertas políticas o ceder ante las presiones de grupos ciudadanos, a veces mal informados o manipulados. Es necesario tener un marco jurídico para regular y controlar la práctica de los profesionales sin que se oriente o se busque dedicarla a los médicos y demás profesionales relacionados con la medicina.

Tan evidente dedicatoria ha derivado en la producción de leyes que llevan incluso el oprobioso nombre de “ley de mala práctica médica” y lo que es peor ha logrado arraigar la denominación en legos, instruidos, letrados y profesionales, vale decir: en el público en general.

La medicina, pese a su modernización y sus avances gigantescos, no es una ciencia exacta. Son pruebas de este aserto la falta de tratamientos eficaces, exentos de efectos colaterales para enfermedades todavía etiquetadas como incurables; los diagnósticos erróneos pese a tener ayudas de imágenes y laboratorios capaces de encontrar lesiones, genes y sustancias para precisar el origen y tipos de enfermedades que afectan a las personas de manera individual o colectiva. Los seres humanos dedicados a la tarea de aplicar los novísimos conocimientos, las tecnologías de punta computarizadas y mecanizadas pueden cometer errores debido a su naturaleza imperfecta sin que ello implique la dolosa intención de causar daños o la muerte de las personas encomendadas a su cuidado. Cada sujeto es único, casi único en el universo, tiene características peculiares en lo anatómico y fisiológico, reacciona ante los eventos morbosos o las medidas aplicadas de manera imprevisible en muchas ocasiones. La muerte es apenas la extensión permanente de la vida, otra vida y nos desclava, con doctores o sin doctores, de golpe o a pausas, del mundo colmado de energía, visiones y esperanzas que la mayoría cree propio, conocido, interminable.


La formación médica, aún en las mejores universidades del mundo, es insuficiente para conocer la totalidad de los intrincados vericuetos de la salud y la enfermedad. La especialización mejora los conocimientos y las destrezas en determinado campo de la ciencia médica sin llegar a la perfección, siempre aparecerá algo que no se aprendió, no se vio, no se estudió o ni siquiera se leyó aun cuando su formación de posgrado haya transcurrido en servicios y hospitales de altísima calificación. Afinar más la formación siguiendo una de las mal llamadas subespecialidades tampoco permite la perfección en materia de conocimientos y, en el supuesto no consentido de que así fuera, el ejercicio está a cargo de un ser humano y siempre cabe la posibilidad de un error.