Día del médico ecuatoriano, 21 de febrero

Actualizado: 7 abr




DR. HERNÁN FRANCISCO HERVÁS

Miembro de la Sociedad Ecuatoriana de Endocrinología, capítulo de Pichincha






El día 21 de octubre de 1794, la tranquila y franciscana ciudad de Quito, amaneció con un sinnúmero de banderas rojas escarlatas sujetas a las cruces de los atrios de varias iglesias de la Metrópoli de la Real Audiencia, con la siguiente consigna escrita en latín: “Al amparo de la cruz, sed libres; conseguid la felicidad y la gloria”¹ (Liberi esto, felicitatem et gloriam consecuto. Salva Cruce).


Este inusual acontecimiento causó estupor en la población y temor en las autoridades españolas ya que unos años antes, el 4 de noviembre de 1780, en el virreinato del Perú, se había producido el levantamiento de Túpac Amaru, que tuvo el valor de revelarse contra el régimen colonial, al exigir justicia y libertad para los maltratados y subyugados pueblos indianos, con un final desastroso y cruel para sus seguidores y para el cacique.²


En aquella época, oponerse a la corona y a las autoridades españolas era un crimen de lesa majestad que se castigaba con la muerte. Fue así que, Luis Muñoz de Guzmán, militar español, a la sazón, presidente de la Real Audiencia de Quito, ordenó que se investigara este hecho provocador y detener a los agitadores y culpables.³


Todas las sospechas cayeron sobre Eugenio de Santacruz Espejo, el agitador de juventudes, conocido por sus ideas libertarias y por su prolífera pluma irónica y mordaz.


El 30 de enero de 1795, Eugenio Espejo, que estaba en su despacho de la reciente fundada Biblioteca Nacional del que era bibliotecario, fue arrestado, le cargaron con pesados grilletes, le confiscaron todos sus libros y escritos y le encerraron en una celda húmeda y obscura.


Menos de un año duró su agónico encierro; sin poder protestar, cansado y débil, con rebeldía y frustración, veía cómo día tras día se apagaba su triste existencia, hasta que una fuerte disentería o pujo de sangre le dejó inútil tirado en el suelo.


El 23 de diciembre, los carceleros, a sabiendas que se aproximaba la muerte, permitieron a su familia sacarle de la pestilente mazmorra, para trasladarle a la casa de su hermano, el presbítero Juan Pablo Espejo, en donde murió el 27 de diciembre de 1795,⁴ a la edad de 48 años.


Su partida de defunción se registró en el libro de los muertos, donde se asientan los mestizos, montañeses, indios, negros y mulatos, porque Espejo fue mestizo de sangre y corazón, al que los blancos chapetones nunca le perdonaron que se convirtiera en un médico ilustrado.⁵


Así murió el más grande hombre de nuestra historia y una de las figuras más importantes de la colonia, quien fuera médico, abogado, escritor y periodista. Máxima expresión del pensamiento ilustrado del siglo de las luces en medio de la oscura noche colonial de la Real Audiencia de Quito.

Espejo creía en la nobleza del espíritu, en el poder de la razón, en el conocimiento de las ciencias y en la educación, como principales cimientos para el desarrollo de una sociedad más equitativa.


Esta nueva forma de pensar, no gustaba ni a la iglesia ni al estado, a las que atacó Espejo de supersticiosas y corruptas, y por mantener al pueblo sumido en la pobreza y la ignorancia.


En efecto, la mayoría de la población no sabía leer ni escribir, desconocía los principios elementales de higiene y salubridad, los habitantes arrojaban desechos y basura a las calles y criaban cerdos en sus casas.


La ciudad tenía agua pura que era conducida por acequias desde las chorreras del Pichincha, pero muchas veces era contaminada con desechos biológicos de hombres y animales.⁶


En estas condiciones insalubres, en 1785, un brote de viruelas azoló la Metrópoli que diezmo a la población.


Anteriormente la ciudad ya había sufrido una serie de pestilencias y graves enfermedades como el tabardillo (tifus), la alfombrilla (sarampión), el garrotillo (difteria), el flujo de vientre (disentería), las tercianas, las viruelas y otras fiebres malignas,⁷ que nunca pudieron ser erradicadas, porque la atrasada medicina colonial era una mezcla de galenismo arabizado e indigesto, con prácticas empíricas y supersticiosas que creía que el origen de estas enfermedades era la putrefacción de los humores, por lo que los pocos médicos que había en la ciudad sometían a los pobres enfermos a purgas y sangrías. Por esta razón, el pueblo prefería recurrir a los curanderos y a sus prácticas ancestrales, o a las autoridades eclesiásticas para salir en devota procesión, pidiendo a Dios y a la Virgen que perdonaran sus pecados y les libere de semejantes pestilencias, prácticas que Espejo siempre criticó sin disimulo.⁸


Juan José de Villalengua y el cabildo de Quito reunieron a los pocos médicos de la ciudad para discutir cómo combatir la epidemia y hallar un método que de alguna forma pudiera controlar esta enfermedad. Las ideas de Espejo fueron innovadoras y actualizadas, por lo que las autoridades le designaron investigar y redactar un informe de esta epidemia.


Para Espejo, el problema de salud pública no solo era la mala higiene de la ciudad, sino la ignorancia y la superstición de sus habitantes, las aglomeraciones de las personas, la mala educación de los cuidadanos y negligencia de los falsos médicos y clérigos que ejercían la medicina sin título académico.


Contra la teoría miasmática del inglés Thomas Sydenham que creía que las enfermedades agudas eran producidas por partículas contenidas en el aire que emanaban de los suelos fétidos y aguas pútridas e impuras, Espejo sostenía que el aire no era la causa de las enfermedades, era solamente el vehículo de “cuerpecillos causantes del contagio”.⁹


A estos cuerpecillos, Espejo los llamó “atomillos vivientes”, como el origen y difusión de las enfermedades infecciosas, adelantándose con sus observaciones en casi cien años a la teoría microbiana de Louis Pasteur.

En su obra titulada: “Reflexiones acerca de las viruelas”, dice que el microscopio ha descubierto un nuevo mundo de seres vivientes que se anidan en todas las cosas… En la casi infinita variedad de esos atomillos vivientes se tiene un admirable recurso para explicar la prodigiosa multitud de epidemias tan diferentes y de síntomas tan varios que se ofrecen a la observación” … Si se pudiera apurar más las observaciones microscópicas… quizá encontraríamos la incubación de estos corpúsculos móviles, la regla que podría servir para explicar toda la naturaleza, grados, propiedades y síntomas de todas las fiebres epidémicas y en particular de la viruela.¹⁰


El informe fue enviado a Madrid en donde se incorporó como apéndice en la segunda edición del libro de Don Francisco Gil, cirujano del Real Monasterio de San Lorenzo, que describe un método seguro de preservar a los pueblos de viruelas hasta lograr la completa extinción en todo el reino”. Además, se consideró al doctor Eugenio de Santacruz y Espejo un hombre docto e ilustrado y que gracias a sus observaciones y reflexiones se pudo detener la epidemia.


Esta fue la mayor contribución científica de Espejo. En cuánto a la formación del médico recomendó la obligatoriedad de la práctica de la disección anatómica, el estudio de la patología, fisiología, semiología, higiene y terapéutica.


Finalmente incentivó a que el médico tenga una cultura general y recomiendó el estudio de la lógica, la retórica y la historia de las ciencias.¹¹


Aun así, el doctor Espejo no conoció la gloria que merecía, fue siempre perseguido, humillado y encarcelado por sus ideas libertarias, por su espíritu rebelde y sarcástico, y por pretender alcanzar una sociedad más digna, más justa y mejor.


“El día 21 de febrero del año 1747, en la capilla del Sagrario de la Iglesia Matriz del San Francisco de Quito, el cura don Pedro Valverde echó las aguas bautismales sobre la cabeza morena del niño a quien cristianizó con el nombre de Eugenio Francisco Xavier, hijo legítimo de Luis de la Cruz Espejo y Catalina Aldás”, así comienza la biografía de Espejo, escrita por Leopoldo Benites Vinueza, quien le describe, por su condición de mestizo, un hombre solitario y evasivo; un habitante de la noche, quien aprendió de su padre, Luis Chuzhig, que fue su verdadero nombre y apellido, los primeros conocimientos de la medicina de su tiempo, cuando visitaba a los enfermos en el Hospital de la Misericordia.


Espejo se graduó de médico en la Universidad de Santo Tomás en 1767 a la edad de 20 años y después de haber obtenido el título en derecho civil y canónico, solicitó permiso para practicar la medicina en Quito.


Eugenio de Santacruz Espejo fue un médico adelantado para su época, tuvo ideas innovadoras en el campo de la higiene, fustigó en forma virulenta a los médicos mediocres y falsos médicos; por estas y otras razones, tiene un gran sitial en nuestra historia.


El 21 de febrero, en el día de su natalicio, es recordado como el día del médico ecuatoriano.


Esos profesionales hombres y mujeres, que con vocación y altruismo dedican sus vidas al servicio y bienestar del ser humano y la sociedad. Que se han comprometido a luchar contra el dolor, la enfermedad y la muerte, con la única consigna gravada en su mente y corazón que "la salud del pueblo, es la suprema ley” aun sin esperar recompensa ni reconocimiento, solo con la única satisfacción del deber cumplido.


En estos dos años de pandemia, muchos médicos han sacrificado sus vidas y han fallecido por aliviar el dolor del prójimo, salvarlos de la muerte y curar sus enfermedades, a pesar de esta noble labor, hemos tenido que soportar injuriosas teorías de conspiración y estúpidas afirmaciones de la pseudociencia y la ignorancia. Este es el riesgo de nuestra profesión, que tiene historia, un lenguaje propio, un código de ética que es guía en nuestro accionar diario, que es una profesión que nos llena de orgullo y satisfacción, que nos ennoblece y engrandece cuando salvamos una vida u oímos callar el llanto de un niño enfermo o cuando recibimos un sincero agradecimiento, estas son nuestras recompensas.


Referencias


1. Salvador Lara J. La revolución de Quito en Historia del Ecuador. Tomo 5. Ed.Salvat.Barcelona-España.

2. Lewin, B. Túpac Amaru. Su época, su lucha, su hado, Ed.Leviatan. 1982 Bs As-Argentina.

3. Salvador Lara J. Breve Historia Contemporánea del Ecuador. Fondo de Cultura Económica 2002. México.

4. Paladines C. Espejo y la Sociedad Patriótica Escuela de la Concordia en Historia del Ecuador tomo 5 Ed. Salval 1980. Barcelona-España.

5. Chiriboga Villaquiran. Vida, pasión y muerte de Eugenio Espejo. Colección Bicentenario. Ministerio de Cultura 2008. Quito-Ecuador.

6. Descalzi, R. Historia de la Real Audiencia de Quito. Tomo III: Agua, Higiene y Medicina de Colonial. Politécnica del Ejército 1990. Quito-Ecuador.

7. Montero Carrión, J. Apuntes para la historia de la Medicina Ecuatoriana. CEE núcleo Loja (sin fecha). Loja-Ecuador.

8. Benavides Vega C. Sinopsis historia del siglo XVII; Nueva Historia del Ecuador: Ayala Mora Editor. Época Colonial Vol.4. Corporación Editorial Nacional Editorial Grijalva 1989. Quito-Ecuador.

9. Benites Vinueza, L. Francisco Eugenio Espejo. Habitante de la noche. Ed. CCE 1984. Quito-Ecuador.

10. Santa Cruz y Espejo. Reflexiones Consejo Nacional de Salud 201. Quito-Ecuador.

11. Benites Vinueza.L. Las ideas biológicas y médicas de Francisco Eugenio Espejo. Habitante de la Noche. Ed.CCE 1984. Quito-Ecuador.

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