SARS–CoV-2 2019: presentación clínica

Actualizado: feb 1


César Procel, M.D. MSc,¹

César Paz-y-Miño, M.D. MSc.²

1 Medicina Interna, MSc en Actualización de la Infección por VIH, Especialista en Gerencia en Salud, 2 Médico Genetista, Máster en Biología de las Enfermedades Infecciosas, Especialista en Genética Médica y Genética Molecular Humana.


El impacto que la humanidad ha vivido desde finales del año 2019, debido a la invasión de un nuevo virus respiratorio con alta capacidad de propagación y daño –SARS- CORONAVIRUS 2, hoy denominado COVID-19–, nos obliga a tener claridad sobre sus repercusiones en la salud del hombre.

El daño que la entrada del virus provoca en el organismo cobra importancia una vez que su comportamiento biológico y la respuesta del huésped no se encuentran totalmente esclarecidos. Los mecanismos de defensa conocidos y puestos en marcha por el organismo ante las diferentes infecciones aún tienen vacíos en cuanto a la magnitud, duración y capacidad de protección a propósito de la COVID-19; por lo tanto, las pruebas clínicas utilizadas en su detección generan incertidumbre, sobre todo cuando su análisis se realiza de forma aislada, sin la expresión, el tiempo o cronología de las manifestaciones clínicas en el curso de las diferentes etapas por las que atraviesa la agresión.

Una vez que el virus logra su invasión se presentan dos etapas: la infección y la enfermedad.

La infección, periodo de contacto por cualquier agente biológico agresor, se puede definir como la puesta en marcha de fuerzas, sin síntomas, encargadas de vencer o controlar la entrada del agente atacante. Esto sucede entre los microorganismos y sus huéspedes (animales y el hombre).

La enfermedad, por el contrario, demuestra la supremacía ofensiva del microrganismo, la puesta en marcha de estrategias defensivas desmedidas por el huésped y su expresión con manifestaciones clínicas.

Las manifestaciones dependen del órgano afectado, primaria o secundariamente y la complejidad de los mecanismos defensivos puestos en marcha para su control. Su expresión, una vez terminado el periodo de incubación –en promedio 5 días, con un tope de 14 días– en el que el organismo pierde la batalla y da evidencia de los daños producidos por el agente agresor, da lugar a las diferentes formas de presentaciónes clínicas locales y sistémicas.

La expresión clínica y su momento de aparición debe ser considerada como signo de alerta; por ejemplo, la pérdida temprana de olfato y gusto (Beltran Corbellini, A; Chico Garcia, J; Martinez Poles, J; et al., 2020), alrededor de 72 horas luego de la infección viral, síntomas neurológicos descritos ya en el curso de la pandemia. A partir de entonces se realizarán las pruebas de diagnóstico o exclusión y el manejo clínico ajustado al tiempo de evolución y grado de complejidad de la agresión.

Si bien la enfermedad y sus manifestaciones clínicas deben ser consideradas como signos de alarma y ajustarlas al tiempo de aparición para correlacionarlas con los métodos de estudio y así mejorar su interpretación, es de vital importancia reconocer un período presintomático de la infección, 72 horas aproximadamente, en el que existe una capacidad potencial de transmisión y contagio (Arons M, Hatfield K, Reddy S; et al, 2020), con trascendencia comunitaria. Una vez que se conoce acerca de un contacto positivo o caso “0”, ya por sus manifestaciones o por pruebas de laboratorio, es necesario controlar su propagación realizando un cerco epidemiológico e implementar las medidas de prevención, que son, esencialmente, repetido lavado de manos durante el día, uso de mascarillas permanentes, distanciamiento de entre 1.5 y 2 metros y confinamiento en los momentos críticos de la epidemia.

COVID-19 y enfermedad