“Psicoanálisis, Interdisciplina y Práctica Hospitalaria”




Tamia Bedón Ontaneda

Psicóloga clínica, PUCE




La atención en salud mental dentro de la institución hospitalaria, es un campo gigante, que abarca distintas corrientes, saberes, modelos teóricos y técnicas de intervención, acompañadas de diferentes mandatos institucionales y por ende diversas concepciones acerca de la condición de salud de los sujetos. Dentro de la institución hospitalaria, el equipo de salud, se va a encontrar con la necesidad y exigencia de trabajar con compañeros con identidades diversas, tanto personales como profesionales, lo cual supone una apertura recíproca frente a los diferentes discursos, que posibilite la construcción de espacios de diálogo entre los distintos campos, donde no caben los totalitarismos ni imposiciones, pero tampoco reduccionismos que limitan la propia complejidad de cualquier campo científico. Pensando en la ilusión de poder construir una mirada integral que permita eliminar los puntos ciegos que la propia disciplina genera, cabría preguntarse ¿Bajo qué condiciones los saberes pueden ir redefiniendo espacios que se encuentran ya apropiados por el discurso médico? Con el objetivo de ir resolviendo esta interrogante, el siguiente artículo pretende abordar el complejo entrecruzamiento entre la función del psicoanalista dentro de un equipo de trabajo interdisciplinario en el marco de la institución hospitalaria. La construcción del conocimiento en el campo de la salud mental, y por ende en su manera de intervención, ha estado históricamente centralizada en los saberes de expertos, dejando al margen la experiencia subjetivada del sufrimiento mental. Dentro del sistema de salud el discurso del saber circula en una única dirección, la cual se caracteriza justamente por la inexistencia del diálogo, en favor del monólogo avalado en el saber científico y objetivo, donde el discurso de la aflicción solo toma relevancia y es aceptado en tanto materializa la evidencia del síntoma. Martin Correa Urquiza propone que el sujeto de diagnóstico, es para los sistemas médicos o sanitarios, enunciador del dolor o manifestante de una suerte de confusión que llevaría a un abordaje clínico determinado, pero no productor de un relato posible alrededor de la construcción o la elaboración de una terapéutica propia (Urquíza, 2014). Dentro del sistema de salud, surge un fenómeno que Urquiza lo denomina, la invisibilización sistemática de la narrativa del sujeto de diagnóstico. La misma hace referencia a la persona poseedora de diagnóstico en tanto sujeto no cognoscente de su situación, de su circunstancia, de su dolor, y por tanto, incapaz de articular cualquier tipo de estrategia para un mejor estar (Urquíza, 2014). Propone que pensar en la genética como única causante del diagnóstico o sufrimiento del sujeto sería tachar su subjetividad e invalidar los acontecimientos y experiencias reales que han ocurrido en el plano sociocultural. Resulta complicado pensar que dentro del contexto del hospital se pueda considerar la posibilidad de instalar o implementar otras metodologías. Sin embargo, desde nuestra función como psicólogos, pensamos en que existe un resto, un malestar que no puede ser elaborado o acallado. Desde nuestro lugar de escucha, se impulsa a la creación de nuevos abordajes que vengan a ocuparse de lo que se ha quedado excluido y marginado. Será entonces, desde el lugar de la queja del paciente, del padecimiento, donde se producirá un espacio que posibilite la articulación de nuevos saberes y con ellos, nuevas formas de intervención para dar respuesta al malestar. Daniel Millas (2007), propone nuevas formas de alojar al paciente psiquiátrico. Menciona que desde un sistema que presenta a las ciencias médicas como portadoras de la verdad absoluta, surge el psicoanálisis. Saber que establecerá nuevas reglas discursivas a partir de las cuales buscará generar las condiciones de visibilidad e inteligibilidad de un discurso hasta el momento silenciado procurando hacer hablar a la locura, al sufrimiento, en lugar de hablar de o sobre ello. A través de la mirada del psicoanálisis, la palabra locura, acallada por el dispositivo médico, tendrá una escucha diferente, no persecutoria, que no pretende el moldeamiento del sujeto a partir de la norma. Tendrá una escucha que posibilite la construcción de un espacio que apunta a la emergencia de la propia singularidad del sujeto, se podría decir que el psicoanálisis aparecerá como la primera operación de des-psiquiatrización de la locura, produciendo un desplazamiento de la mirada normalizadora del ojo médico a la clínica de la palabra. Fue justamente Sigmund Freud quien se atrevió a intentar abordar la complejidad de la vida subjetiva, pensando en ella más allá de los esquemas completamente mecánicos y rompiendo los métodos establecidos que impedían pensar al sujeto en su especificidad. A diferencia de los epistemólogos que piensan en las teorías como entidades abstractas, los psicoanalistas, o los que nos formamos para serlo, sostenemos que es imprescindible historizar para comprender. Se trataría pues de posibilitar espacios, dentro de la institución hospitalaria, donde se construya y opere un dispositivo analítico, que se sostenga con otra ética, la ética del psicoanálisis, que dé lugar al despliegue de la subjetividad de consultante. Entonces pensar en la función del psicoanalista es dar lugar a otro tipo de trabajo, otro tipo de escucha, implicación y elaboración por parte del sujeto que padece, donde la interdisciplinariedad, vendría a constituir, como lo dice Clara Azaretto y Cecilia Ros, un modo de posicionarse frente al objeto y también frente a los otros campos de saber. Ese posicionamiento obliga a reconocer la incompletud de las herramientas de cada disciplina (Azaretto & Ros, 2015). El precio que se tiene que pagar para ello incluye la renuncia a la ilusión de un saber garantizado y absoluto mediante la aceptación de nuestras limitaciones. Así como Freud debió pagar un alto costo para hacer lugar al inconsciente, nosotros debemos renunciar a la tranquilidad que ofrece la certeza (tranquilidad cada vez más esquiva e ilusoria) para poder abrir las puertas a la invención, a la imaginación y a la diferencia, sabiendo que junto con ellas entrará inevitablemente la incertidumbre, el error y el desatino Entonces, la vía a la “cura” que propone el psicoanálisis, justamente recae en romper con los criterios de salud para los cuales es llamado. Que un psicoanalista en la institución pueda abrir un espacio a la dimensión subjetiva, abolida por los permanentes intentos de objetivación, dando cabida a una demanda de saber, y con ello al deseo, toma entonces todo su valor, y legitima su presencia allí (Rubistein, 2004). A partir de lo mencionado, sostengo la necesidad de ser irreverente frente a las disciplinas y no dejarse arrastrar por lo pasional que pueda llegar a resultar la teoría, ya que esto implica someternos a la misma. Considero que la manera de superar los límites de este lenguaje objetivante y limitado, está en recuperar para el hospital un tipo de lenguaje que, realizando una crítica de los supuestos implícitos en la historia del propio saber, llegue a una transdisciplinariedad, que permita arraigar la praxis médica, abierta al cuidado del paciente como sujeto. Po