Niños y adolescentes deben o no ser vacunados contra COVID-19


Todas las vacunas que se emplean hoy en día han demostrado ser seguras y efectivas para proteger a individuos y poblaciones contra enfermedades infecciosas. Las vacunas contra la COVID-19 no son la excepción, han demostrado ser altamente eficaces contra enfermedad grave y muerte en adultos.


En relación a la población pediátrica, las vacunas de ARN mensajero de Pfizer/BioNTech y Moderna han sido estudiadas en niños y adolescentes a partir de los 12 años de edad. Los ensayos clínicos han mostrado que estas vacunas son seguras e inmunogénicas en estos grupos de edad, si bien el número de pacientes incluidos no es suficiente para detectar una reducción en casos de enfermedad grave o letalidad.¹’ ²


Actualmente se están llevando a cabo estudios en niños entre los 6 meses y 11 años de edad, de los cuales se espera tener resultados en los próximos meses.


China y los Emiratos Árabes Unidos han comenzado la vacunación de niños de edades entre 3 y 17 años con vacunas inactivadas de las farmacéuticas Sinovac y Sinopharm con base en resultados de estudios clínicos de fases 1/2.³


A pesar de la evidencia de su seguridad y eficacia, la vacunación de niños y adolescentes contra la COVID-19 continúa siendo polémica, principalmente debido a la distribución desigual de vacunas. A nivel mundial esta inequidad está cobrando vidas; hay alrededor de 80 países en los que menos de 10% de la población ha recibido una dosis de vacuna y en muchos de ellos los trabajadores de salud y personas de alto riesgo no han sido aún vacunados.


Uno de los argumentos que se han utilizado para justificar que no es necesario vacunar a los niños contra la COVID-19 es que las infecciones en este grupo poblacional suelen ser asintomáticas o leves y que raramente cursan con enfermedad grave o letal.


En México, de acuerdo con cifras oficiales, más de 900 niños y jóvenes entre 0 y 19 años han fallecido por COVID-19 desde el inicio de la pandemia, lo que representa 0,35% de las defunciones en la población general.


Si bien es cierto que la gravedad de la infección por SARS-CoV-2 es francamente menor en pacientes pediátricos, este es un argumento que no considera la variabilidad en el curso de la enfermedad. Existen factores tanto biológicos como sociales asociados a un mayor riesgo de enfermedad grave y muerte en niños y jóvenes, incluyendo el sobrepeso u obesidad, la raza, las condiciones socioeconómicas de vulnerabilidad, el pobre acceso a servicios de salud y las comorbilidades incluyendo inmunocompromiso y enfermedades crónicas.⁴’ ⁵ Por ello, algunos países como Reino Unido y Alemania han optado por priorizar la vacunación de niños y adolescentes entre 12 y 17 años que viven con comorbilidades, con el fin de prevenir casos graves y muertes en dicha población.


La OMS considera que los niños mayores de 12 años con riesgo alto de presentar COVID-19 grave pueden ser considerados para la vacunación, junto con otros grupos prioritarios.


Otro punto a considerar es el efecto de la vacunación en la transmisión comunitaria. Hay evidencia clara de que niños y adolescentes pueden transmitir SARS-CoV-2 a sus contactos, por lo que su inclusión en los programas de vacunación puede contribuir de manera sustancial a aumentar la inmunidad poblacional y controlar la transmisión de la infección.⁶


La interacción social forma parte esencial del desarrollo de niños y adolescentes. En este aspecto, las vacunas pueden contribuir, junto con el resto de las medidas preventivas basadas en la evidencia, a reducir los riesgos de las actividades educativas, deportivas y sociales, y disminuir la necesidad de cerrar escuelas ante brotes o aumento de la transmisión comunitaria. Con esta justificación algunos países como Estados Unidos, Canadá, Francia, Hong Kong, Uruguay y Chile han optado por la vacunación de todos los mayores de 12 años.