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EUTANASIA SI, EUTANASIA NO. PERO…. ¿SOBRE QUÉ DISCUTIMOS?


Dr. Víctor Manuel Pacheco.

Presidente de la Comisión Nacional de Bioética en Salud

Presidente de la Red ALAC UNESCO de Comisiones Nacionales de Bioética

Asesor del Consejo Consultivo de la Red Bioética UNESCO

Miembro de la Academia Ecuatoriana de Medicina



La palabra se origina en la Grecia antigua. A partir de las raíces eu y thanatos significa, literalmente, una “buena muerte”.


El primer uso documentado del término aparece en el texto del poeta Cratinus (519-422 a. C.) al referirse a una muerte rápida, gentil e indolora. El mismo significado se encuentra en Suetonius, en mención a la muerte del emperador Augusto (63 a. C.) que falleció rápidamente, sin dolor y en brazos de su esposa. En Grecia y en la antigüedad romana, una buena muerte era sólo una muerte buena: un buen final para una buena vida, un final indoloro y rápido, muerte natural o, para otros, una muerte noble y heroica. A diferencia del término moderno, no comprometía cualquier asistencia o contexto médico.


La implicación médica se origina en el cuarto párrafo del Juramento Hipocrático, posiblemente de autoría de filósofos pitagóricos: “No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal, ni haré semejante sugerencia”. Investigaciones históricas contemporáneas lo interpretan como la prohibición de proporcionar venenos para terceros. De hecho, su presencia en el Juramento señala que algunos médicos no eran muy escrupulosos en este aspecto y además que la actitud de tomar la propia vida por enfermedad terminal o vejez era una práctica habitual y aún era interpretada como signo de valentía, por ejemplo, entre los estoicos. Platón reconoce el derecho de las personas a suicidarse cuando se enfrentan a condiciones extremas, insoportables. Las fuentes históricas muestran que en Roman Massalia (Marsella) el veneno quedó bajo cuidado del ayuntamiento y que una persona que deseaba morir debía solicitar, en forma convincente, que se le permita tomar una dosis para ese propósito.


En la Antigüedad cristiana y Edad Media el término prácticamente desaparece y el concepto de tomar la vida por sí mismo o de otro con el fin de aliviar el sufrimiento adquiere el significado de pecado o delito, como acción contra el plan divino y por lo tanto objeto de castigo por Dios. El suicidio y la eutanasia se han visto con similar actitud negativa en otras religiones de amplia difusión (judaísmo, islamismo, hinduismo, budismo).


La palabra eutanasia reaparece en el filósofo Francis Bacon (1605) implicando, por primera vez, al médico. Éste debería ofrecer la “eutanasia exterior” (complementaria a la “eutanasia interior” espiritual de los sacerdotes) como pasaje justo y fácil hacia la muerte, aliviando el dolor y el sufrimiento del moribundo, proporcionando lo que ahora se entiende como cuidados paliativos.


Solo a finales del XIX aparece el movimiento pro-eutanasia con el significado de intervención médica para inducir “una muerte rápida e indolora… cuando así sea deseado por el paciente” a través del uso de cloroformo, éter o morfina (Williams 1870). Tollemase en 1873 sugiere que el “suicidio in extremis” o “por poder” debería ser una práctica aceptada y Adler propone que los médicos deberían ayudar en el proceso. En un editorial del Boston Medical and Surgical Journal (1884) se plantea la distinción entre eutanasia activa y pasiva (según se actúe o se abstenga de iniciar procedimientos que terminen por acortar la vida de sufrientes) aceptando éticamente la segunda. Y en The Lancet de 1899 se contrasta entre aquella directa e indirecta de acuerdo a la intención de provocar la muerte en el proceso de alivio del dolor, con rechazo de la primera.


Entre 1939 y 1943 en Europa el término eutanasia se aplicó al asesinato sistemático de más de 200 mil personas discapacitadas por la llamada Acción T4 del régimen nazi, que obedeció no solo a la pervertida ideología de Hitler, sino también a ideas previas de varios autores como Haeckel, Bindin, Hoche o Jost, que desarrollaron teorías que permitirían la eliminación de quienes llamaron “personas defectuosas” (Defektmenschen) o “madera muerta” (Ballastexistenzen) cuyas vidas no tenían ningún valor o que se interpretaban con un valor negativo para ellos mismos, sus parientes y para la sociedad. La voluntariedad, puntal en el debate previo sobre eutanasia, evidentemente no fue considerada por estas teorías infames.


Elementos a considerar en el concepto actual de “eutanasia” deberían referirse a aquella “eutanasia directa activa voluntaria”, que incluya como elementos:


  1. El que sea una acción positiva, transitiva e intencionada de un médico (y por extensión de otro profesional de la salud) para acelerar la muerte de un paciente,

  2. La acción debe ser directa, es decir que su efecto inmediato es acabar con la vida de quien la recibe,

  3. La voluntad del paciente, dependiente de su decisión autónoma, que podría expresarse a través de un documento previo (Voluntades Vitales Anticipadas),

  4. La solicitud expresa, voluntaria, consciente y repetida del procedimiento por un paciente competente (Consentimiento Informado, libre, inequívoco y persistente),

  5. El diagnóstico de una lesión corporal o enfermedad grave e incurable, sin alternativa razonable de recuperación o alivio,

  6. La presencia de sufrimiento incompatible con la dignidad de la persona.


Así, nos toca deliberar ahora sobre la acción transitiva, intencionada y directa efectuada por un profesional sanitario, que resulte en la muerte anticipada de una persona en situación de enfermedad terminal con dolor intratable o sufrimiento intolerable, que responda a la solicitud expresa consciente, informada, persistente y voluntaria, hecha en ejercicio de su autonomía. Y sobre la posibilidad de que un profesional sanitario proporcione información sobre el método y los medios, o ambos, para el suicidio de una persona en situación terminal.


Se trata de debatir la despenalización de la Muerte Médicamente Asistida (Suicidio Asistido y Eutanasia) a partir de valores potencialmente enfrentados: el respeto a la vida, a la dignidad, y a la autonomía, y el derecho a la elección personal. Se trata de deliberar y determinar si en este momento y circunstancias la vida es un valor absoluto o lo es la libertad personal a decidir por sí mismo; si el deber del Estado de proteger la vida, aún de sí mismo, prevalece sobre el deber de respeto a la autonomía y dignidad de las personas y sobre el deber de protección ante tratos crueles, inhumanos o degradantes y el deber de aliviar el sufrimiento, y sobre el derecho al libre desarrollo de la personalidad y a morir dignamente. También si aceptaremos los riesgos que deriven de despenalizar o no la Muerte Médicamente Asistida y si los médicos (pero también otros profesionales de la salud) estamos dispuestos a mutar nuestros objetivos tradicionales de sanar, curar y confortar al de, además, ayudar activamente a bien morir.


Noviembre, 2023

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